Volver a ver el milagro.
Publicado por Patricio Varsariah el lunes, abril 27, 2026

A veces, lo más extraordinario de la vida no es lo que nos falta, sino aquello que, por costumbre, hemos dejado de ver.
Esta mañana desperté con un nuevo y hermoso día. Sentí gratitud por algo tan simple —y tan inmenso— como poder ver y escuchar. Hay quienes no tienen ese privilegio. Y, sin embargo, debo reconocerlo: no siempre aprecio este festín de milagros que ha estado servido en mi mesa durante 75 años.
Soy como ese pez al que le preguntaron: “¿Cómo está el agua?” y respondió: “¿Qué es el agua?”.
Soy como ese pez al que le preguntaron: “¿Cómo está el agua?” y respondió: “¿Qué es el agua?”.
He vivido tanto tiempo dentro del milagro… que he dejado de verlo. Creo que a todos nos ocurre en alguna medida. Dejamos de maravillarnos ante un gato en la ventana o una flor silvestre que brota entre el cemento. Lo extraordinario se vuelve cotidiano… y lo cotidiano, invisible.
Quizá el camino de regreso sea más simple de lo que pensamos: salir por un momento de la mente… y volver al cuerpo, que siempre habita en el presente. Porque este instante —este ahora— es lo único que realmente tenemos. Es el regalo más valioso que recibimos, sin importar si somos ricos o pobres. A todos nos es concedido por igual: un momento.
La pregunta es inevitable: ¿nos damos cuenta de su valor?
Quizá el camino de regreso sea más simple de lo que pensamos: salir por un momento de la mente… y volver al cuerpo, que siempre habita en el presente. Porque este instante —este ahora— es lo único que realmente tenemos. Es el regalo más valioso que recibimos, sin importar si somos ricos o pobres. A todos nos es concedido por igual: un momento.
La pregunta es inevitable: ¿nos damos cuenta de su valor?
El pasado es memoria.
El futuro, imaginación.
La vida ocurre aquí… en este instante silencioso que a menudo dejamos pasar. No hay garantía de despertar mañana. Y, sin embargo, damos por hecho haber llegado hasta aquí.
La vida ocurre aquí… en este instante silencioso que a menudo dejamos pasar. No hay garantía de despertar mañana. Y, sin embargo, damos por hecho haber llegado hasta aquí.
Si tenemos 75 años, tal vez nos queden 10 o 20 más… o tal vez no. Pero, visto con claridad, ya es un privilegio inmenso haber llegado hasta este punto. Somos afortunados de estar vivos, a cualquier edad.
Y si no sentimos gratitud, quizás no es por falta de motivos… sino por falta de conciencia. Si ganáramos la lotería, celebraríamos con euforia. Pero cada instante que vivimos tiene un valor infinitamente mayor… y, aun así, lo dejamos pasar sin notarlo. Cuando realmente habitamos un momento —cuando lo vivimos plenamente— algo cambia. La mente se aquieta… y aparece una presencia profunda, luminosa, difícil de explicar pero imposible de olvidar. Son esos momentos de gracia los que nos conectan con lo esencial.
En mi experiencia, existen dos formas de vivir el tiempo:
Y si no sentimos gratitud, quizás no es por falta de motivos… sino por falta de conciencia. Si ganáramos la lotería, celebraríamos con euforia. Pero cada instante que vivimos tiene un valor infinitamente mayor… y, aun así, lo dejamos pasar sin notarlo. Cuando realmente habitamos un momento —cuando lo vivimos plenamente— algo cambia. La mente se aquieta… y aparece una presencia profunda, luminosa, difícil de explicar pero imposible de olvidar. Son esos momentos de gracia los que nos conectan con lo esencial.
En mi experiencia, existen dos formas de vivir el tiempo:
1. Los momentos de la mente. Son la mayoría. Vivimos pensando, interpretando, nombrando.
Miramos un árbol… pero no lo vemos realmente: vemos nuestras ideas sobre él. Para redescubrirlo, tendríamos que mirarlo como un niño: sin etiquetas, sin historia, sin juicio.
Solo entonces el mundo recupera su frescura.
2. Los momentos de presencia. Son aquellos en los que realmente estamos aquí. Por ejemplo, al reconocer mis límites físicos a los 75 años, puedo decidir con claridad y cuidado. No desde lo que “debería hacer”, sino desde lo que es real para mí. Vivir el presente también es sabiduría. Es escuchar al cuerpo, respetar la vida… y actuar en coherencia. Porque si vivo solo desde mi mente, puedo olvidar mi realidad física… y ponerme en riesgo.
Sentirme joven no cambia la edad del cuerpo. Y distinguir entre ambas es una forma de cuidado y de amor propio. También están los momentos que cultivo en la meditación. Allí entreno, día tras día, el arte de regresar al ahora.
Esta misma mañana, mientras caminaba, mi mente empezó a divagar hacia preocupaciones que probablemente nunca ocurrirán. Lo noté en mi gesto, en mi tensión… y entonces recordé: volver. Volver al paso. Volver a la respiración. Volver a este instante. Porque vivir el presente no es un ideal… es una práctica. Cada momento es un regalo. No lo hemos ganado, no lo controlamos… simplemente nos es dado. Que no se vuelva invisible.
Sigamos aprendiendo a ver lo que siempre ha estado ahí.
Sentirme joven no cambia la edad del cuerpo. Y distinguir entre ambas es una forma de cuidado y de amor propio. También están los momentos que cultivo en la meditación. Allí entreno, día tras día, el arte de regresar al ahora.
Esta misma mañana, mientras caminaba, mi mente empezó a divagar hacia preocupaciones que probablemente nunca ocurrirán. Lo noté en mi gesto, en mi tensión… y entonces recordé: volver. Volver al paso. Volver a la respiración. Volver a este instante. Porque vivir el presente no es un ideal… es una práctica. Cada momento es un regalo. No lo hemos ganado, no lo controlamos… simplemente nos es dado. Que no se vuelva invisible.
Sigamos aprendiendo a ver lo que siempre ha estado ahí.
— Patricio Varsariah
