Debe haber momentos en tu vida en los que tu cuerpo está presente, pero tu mente no. Estás sentado en una habitación, caminando por una calle conocida, escuchando a alguien hablar. En la superficie, todo parece normal.

Pero por dentro, tus pensamientos vagan, repitiendo algo que ya sucedió o ensayando algo que aún no ha llegado. Tu cuerpo avanza en el tiempo, pero tu mente se queda en otra parte. Y sin darte cuenta, recorres tu propia vida como un visitante.

Hacemos esto con más frecuencia de la que nos gusta admitir. Sin embargo, el secreto para vivir plenamente siempre ha sido simple. Estar aquí.

Estar aquí con tu respiración. Estar aquí con tus sentidos. Estar aquí con lo que se despliega ante ti, sin resistencia, sin escapatoria. Pero esto no es fácil en un mundo construido sobre la distracción.

Vivimos rodeados de infinitas invitaciones a apartar la mirada. Pantallas que nunca duermen. Ruido que nunca se calma. Pensamientos que constantemente nos empujan hacia atrás o hacia adelante. Estas distracciones no parecen peligrosas; son reconfortantes. Prometen alivio, estimulación, pertenencia. Poco a poco, nos arrastran a un valle extraño donde siempre estamos ocupados, siempre ocupados, pero rara vez presentes.

Cuando eliges la presencia, algo cambia. No importa lo que estés haciendo: lavando platos, caminando, trabajando, escuchando, empiezas a experimentar profundidad. Notas la textura de los momentos cotidianos. Sientes significado donde antes veías rutina. Empiezas a observar patrones: cómo las emociones suben y bajan, cómo las personas se revelan en pequeños gestos, cómo tu mundo interior responde al exterior.

Y en esa consciencia, surge una sensación de paz, una sensación de estar en sintonía con la vida en lugar de perseguirla.

La presencia transforma la vida de una confusión en una serie de suaves descubrimientos. No significa que cada momento sea cómodo. Algunos momentos dolerán. Otros dejarán una opresión en el pecho, una pesadez en los huesos. La presencia te pide que tampoco apartes la mirada de esos momentos.

Quédate. Deja que el dolor exista sin intentar silenciarlo. Deja que el duelo respire. Deja que la incomodidad te enseñe. Cuando dejas de huir del dolor, descubres fuerza, una valentía inesperada que solo crece cuando te permites sentir plenamente. Estos momentos te moldean, te suavizan y te hacen más sabio.

Percibo esta verdad con mayor claridad en mi propia vida durante los momentos más pequeños y cotidianos.

Cuando estoy plenamente presente con algunas personas , noto la chispa en sus ojos cuando hablan de lo que les importa. Percibo el entusiasmo que subyace a sus palabras, la vulnerabilidad entre frases. Percibo cuando algo no cuadra, cuando necesitan consuelo más que consejo. Y en esa presencia, la conexión se profundiza sin esfuerzo.

Otras veces, la presencia me encuentra en la quietud.

Sentado en silencio. Sin hacer nada. Escuchando a los pájaros romper el silencio. Sintiendo que el tiempo se ralentiza lo suficiente como para que la reflexión surja de forma natural. O en momentos de simple alegría, siguiendo la curiosidad de mi niño interior, encontrando la felicidad en las cosas pequeñas e innecesarias, como hacen mis gatos: sin explicación, sin justificación.

Cuando me encuentro plenamente presente, abrazo esos momentos con delicadeza. Aprendo de ellos. Me vuelvo a enamorar de la vida, en pequeños instantes, una y otra vez.

La mayoría de nosotros vivimos como si el tiempo fuera un camino ancho e infinito. Aplazamos la felicidad por una mejor versión de nosotros mismos. Aplazamos la atención por un día menos ajetreado. Aplazamos el amor por un futuro en el que estaremos más tranquilos, más fuertes, más preparados.

Pero la vida no espera nuestra preparación.

Estar presente es cómo les decimos a quienes nos rodean: «Me importas ahora, no más tarde». Es cómo nos decimos a nosotros mismos: «Estoy vivo hoy, no algún día». Abre tu corazón ahora. Vive el momento que ya está aquí. Sé presente, no solo para ti, sino como un regalo para los demás.

Y si preguntas cómo estar presente, la respuesta no es un manual ni una rutina perfecta. Nadie puede darte una fórmula. La presencia comienza con la observación.

Fíjate en dónde se dirige tu atención. Fíjate en lo que te distrae. Fíjate en lo que evitas sentir. Pregúntate con delicadeza: ¿Qué me impide estar aquí?

Las respuestas viven en tu interior. Siempre lo han hecho. Solo necesitas la valentía de escuchar y la paciencia de responder con honestidad. Cuando practicas esto, algo hermoso sucede. Te liberas de lo que ya pasó. Dejas de alimentar la ansiedad de lo que pueda venir después. Tu consciencia regresa a esta respiración, a este latido, a este momento. Y ahí es donde la vida te espera en silencio.

Así que empieza con delicadeza. Siente el suelo bajo tus pies. Escucha una voz sin planear tu respuesta. Saborea la dulzura que ya descansa en tu día.

La vida sucede, la prestemos o no. Elige prestarle atención. Estate presente. Porque este momento, en el que estás, es el único que realmente existe.

¡Gracias por leer!

Un abrazo respetuoso y sincero.

Patricio Varsariah.