Una forma amorosa de ver nuestro camino.
Publicado por Patricio Varsariah el lunes, julio 27, 2026

Con frecuencia miramos nuestro pasado con los ojos del presente y terminamos juzgando con dureza a la persona que alguna vez fuimos. Nos reprochamos decisiones, silencios, errores y caminos que hoy habríamos recorrido de otra manera. Sin embargo, pocas veces recordamos que aquella persona solo podía actuar con el conocimiento, las fuerzas y la esperanza que tenía en ese momento.
Quizá ha llegado el momento de mirar nuestra propia historia con más compasión. Porque, cuando aprendemos a reconciliarnos con quienes fuimos, también aprendemos a abrazar con mayor serenidad a la persona que somos hoy.
Todos deberíamos sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Porque, estemos donde estemos ahora y nos lleve la vida donde nos lleve, cada etapa ha contribuido a construir una de las historias más valiosas que podremos contar: la nuestra.
Creo que le debemos a nuestro yo del pasado un poco más de ternura.
¿Sabes por qué?
Porque permanecía presente en una vida que aún no comprendía. Despertaba sin saber cómo se desarrollaría la historia. Tomaba decisiones sin la perspectiva que solo el tiempo puede ofrecer. Y, aun así, seguía teniendo esperanza. Seguía amando. Seguía intentándolo. Si eso no es valentía, no sé qué lo es.
A veces me descubro mirando fotografías y vídeos antiguos. Tal vez tú también lo has hecho. Observas aquella imagen y, por un instante, intentas recordar quién era realmente esa persona. En qué creía, qué le preocupaba, qué soñaba en silencio.
Cuanto más permanezco en esos recuerdos, más comprendo que cada versión de mí hizo lo mejor que pudo con lo que sabía y sentía en ese momento. Cada una estaba respondiendo a las necesidades propias de aquella etapa de la vida.
Y hay algo profundamente hermoso en descubrir que todas esas versiones intentaban, silenciosamente, convertirse en alguien de quien el futuro pudiera sentirse orgulloso.
Recordamos las palabras que nunca dijimos, las personas de las que debimos alejarnos antes, los sueños que dejamos atrás y los errores que todavía visitan nuestra memoria. Con frecuencia nos convertimos en las personas que menos sabemos perdonar.
Juzgamos nuestro pasado con la sabiduría que solo el presente nos ha regalado, olvidando que entonces no disponíamos de ella. Ninguna versión de nosotros intentó arruinar nuestra vida; todas intentaban protegerla de la única manera que conocían.
¿Y si durante todo este tiempo hubiéramos interpretado mal nuestra propia historia?
El niño que permanecía callado solo buscaba sentirse seguro. Quien amó con intensidad creía que el amor podía sanar todas las heridas. Quien dudaba de sí mismo simplemente buscaba un lugar donde pertenecer.
Hoy, cuando miro hacia atrás, no veo personas equivocadas. Veo seres humanos aprendiendo, paso a paso, a convertirse en quienes estaban destinados a ser.
Si pienso en mi propia vida, descubro que he crecido mucho más de lo que alguna vez imaginé. Soy más consciente de quién soy y de lo que mi corazón realmente necesita. Si tuviera que pedirle perdón a una versión de mí mismo, sería a aquella que tantas veces renunció a sus propios deseos porque aún no estaba seguro de merecerlos.
Muchas veces no entendemos lo que realmente necesitamos y, en esa incertidumbre, terminamos colocando siempre a los demás antes que a nosotros mismos.
Pero hoy también siento un profundo agradecimiento por quien fui. Nunca me rendí. Seguí adelante. Seguí amando. Seguí conservando la esperanza, incluso cuando no sabía hacia dónde me conducía la vida.
Gracias a todo ello aprendí a escucharme, a confiar en mí y a quererme de maneras que antes creía imposibles. Esa versión de mí merece mi gratitud.
Hubo momentos que parecían demasiado pesados, confusos e injustos. Entonces solo deseaba que terminaran. Hoy comprendo que fueron precisamente esas experiencias las que, silenciosamente, moldearon mi carácter. Me enseñaron paciencia, fortaleza, conciencia y el valor de volver a empezar.
No siempre crecemos en los momentos felices. Muchas veces el verdadero crecimiento nace en aquellos capítulos que jamás habríamos elegido vivir. Esas experiencias no solo transformaron mi vida; también transformaron mi manera de comprenderla. Por eso ya no deseo borrar esas páginas: forman parte de la persona que todavía sigo construyendo.
A veces imagino que mi yo más joven pudiera encontrarme hoy. Creo que al principio guardaría silencio. Después sonreiría, me abrazaría con fuerza y, sin necesidad de muchas palabras, entendería que la vida terminó siendo diferente de lo que tanto temía.
Quizá me susurraría:
«¿Ves? Lo logramos.»
Y antes de marcharse, me recordaría que aún quedan muchas cosas hermosas por vivir.
Espero que también pudiera reconocer que, finalmente, me convertí en la persona que siempre necesitó: alguien que escucha su corazón, cree en sus sueños y nunca vuelve a olvidar que siempre ha sido suficiente.
Con demasiada frecuencia estamos ocupados criticando a quienes fuimos, cuando esas versiones simplemente intentaban sobrevivir con las herramientas que tenían. No fueron perfectas, pero gracias a ellas hoy estamos aquí.
En cierto modo, nuestra versión adulta ha terminado convirtiéndose en la fuente de amor, consuelo y aceptación que aquella versión más joven llevaba tanto tiempo buscando.
Tal vez la verdadera madurez no consista en no haber cometido errores, sino en aprender a mirar nuestra historia sin vergüenza y con gratitud. Cada etapa, incluso las más difíciles, dejó una enseñanza que hoy sostiene nuestros pasos.
Cuando dejamos de luchar contra nuestro pasado y empezamos a abrazarlo con compasión, descubrimos que nunca fuimos nuestros enemigos: siempre fuimos compañeros de camino, aprendiendo a vivir con los recursos que teníamos en cada momento.
Quizá el mejor homenaje que podemos ofrecerle a todas las versiones de nosotros mismos sea seguir caminando con esperanza, sabiendo que aún hoy continuamos escribiendo la historia de alguien que, dentro de unos años, también nos mirará con agradecimiento.
Sigamos cuidando la luz que llevamos dentro.
— Patricio Varsariah
