Se nos habla de desarrollo, cooperación y crecimiento como si fueran verdades incuestionables. Pero no todo lo que brilla es avance, ni todo lo que se llama ayuda es justicia. 

Hoy reflexiono sobre una realidad incómoda: cuando el progreso pierde la ética, puede convertirse en una forma sofisticada de violencia silenciosa.

La economía global moderna se presenta como humana, progresista y orientada al desarrollo. Palabras como ayuda, inversión, alianza global y libre comercio circulan con generosidad en discursos y cumbres internacionales.

Sin embargo, bajo ese vocabulario refinado se esconde una realidad inquietante: muchos países pobres y en desarrollo no están siendo ayudados; están siendo lentamente debilitados —económica, física y socialmente— mientras la riqueza fluye silenciosamente de regreso al mundo desarrollado.

No es una conspiración.
Es un modelo.
Es economía.
Es progreso mal entendido.

Productos que enfrentan regulaciones estrictas o una demanda decreciente en Europa o Norteamérica encuentran nuevos mercados en África, Asia y Latinoamérica. Alimentos ultra procesados, bebidas azucaradas, tabaco, pesticidas, ciertos fármacos y tecnologías ambientalmente agresivas se presentan como accesibles, aspiracionales o modernas. Lo que se rechaza en un lugar se celebra en otro.

Las consecuencias no tardan en aparecer: aumento de la diabetes, enfermedades cardiovasculares, cáncer, trastornos de salud mental; degradación del suelo, contaminación del agua y pérdida de biodiversidad. Los países que menos pueden afrontar crisis sanitarias y ambientales cargan con el peso. Las corporaciones obtienen beneficios en monedas fuertes. No es un accidente. Es un negocio.

Otra forma de veneno lento es la deuda. Bajo el discurso del “desarrollo”, préstamos e inversiones generan dependencia estructural. Se financian infraestructuras, pero gran parte de los beneficios regresan a contratistas y prestamistas extranjeros.

Cuando el pago se vuelve difícil, se imponen condiciones: recortes sociales, privatizaciones, apertura de mercados. El dinero entra brevemente. El control sale para siempre. La deuda no solo debilita economías; erosiona soberanías. El modelo dominante promueve el consumo como sinónimo de crecimiento. Se enseña que prosperar es comprar más, producir más, competir más. Pero las naciones con menos recursos no cuentan con redes de protección suficientes para absorber los daños sociales y ambientales que ese modelo genera.

Residuos electrónicos, desechos industriales, excedentes textiles de la moda rápida… gran parte de la carga ecológica mundial se desplaza hacia el sur. Mientras tanto, quienes más consumen imparten lecciones de sostenibilidad. La contradicción es evidente.

Incluso la ayuda exterior rara vez es completamente desinteresada. Con frecuencia llega acompañada de condiciones: adquirir determinados productos, contratar ciertos servicios, alinearse políticamente. Una parte significativa de esos fondos nunca abandona realmente el país donante; simplemente circula dentro de su propio sistema económico.

Así se consolida la dependencia. Así se consolida la influencia.

Pero quizá el daño más profundo no sea económico, sino psicológico. Dietas tradicionales, economías locales, sistemas comunitarios y saberes ancestrales son desplazados por estándares importados de éxito: crecimiento del PIB, consumo masivo, expansión corporativa.

A muchos pueblos no se les permite definir el progreso en sus propios términos. Se les invita —o se les obliga— a imitar, incluso cuando esa imitación erosiona su identidad y su equilibrio.

Cuando productos dañinos se venden como desarrollo, cuando la deuda reemplaza la dignidad y cuando la ganancia supera el valor de la vida humana, el lenguaje deja de ser neutral.

No todo intercambio es cooperación.
No todo crecimiento es bienestar.
No todo desarrollo es humano.

Las naciones pobres no necesitan caridad; necesitan equidad. No necesitan dependencia; necesitan autonomía. No necesitan imposiciones; necesitan respeto.

Mientras la riqueza siga fluyendo hacia arriba y el daño hacia abajo, el sistema seguirá siendo profundamente desequilibrado.

Y llamarlo “progreso” no lo vuelve menos violento.

El verdadero desarrollo no debería intoxicar a nadie. Debería sanar, fortalecer y dignificar. Quizá el cambio comience cuando nos atrevamos a cuestionar lo que damos por normal y a redefinir el progreso desde la conciencia, la justicia y la responsabilidad compartida.Con respeto y reflexión.

Pregunta final: Que entendemos realmente por progreso?

Patricio Varsariah