La imagen muestra una pintura al óleo titulada: Los Girasoles de Vincent van Gogh.

Espero que este escrito llegue a quienes necesitan leerlo, incluso —y sobre todo— a quienes aún no saben que eligieron la soledad como un acto de presencia.

Las personas que elegimos la soledad no merecemos lástima. A menudo se asume que estamos llenos de desesperación, sentados en nuestra propia compañía, reservados y distantes.

Pero, en realidad, descansamos en una calma que crece en el silencio.

La soledad no es ausencia: es paz. Es sentirnos con nuestros propios pensamientos, lejos del ruido del mundo, lejos de las voces y expectativas interminables, aprendiendo a escucharnos de nuevo.

En esa quietud damos espacio a sentimientos que nunca tuvimos tiempo de sentir. Desentrañamos pensamientos que nunca tuvieron tiempo de ser comprendidos. Respiramos sin tener que explicar.

La soledad se convierte en un refugio apacible: un lugar donde el corazón se ablanda, donde la mente se calma, donde estar solo se siente completo, no vacío. Pintamos el lienzo de nuestros pensamientos con colores que solo nosotros podemos ver: tonos de calma, de claridad, de fuerza serena.

Creamos un mundo que no necesita público y, poco a poco, nos sentimos cómodos en nuestra propia presencia, encontrando fuerza en el silencio y plenitud sin aplausos.

Escuchamos los susurros del viento. Observamos la lenta caída de la luz del atardecer. Y dejamos que las estrellas digan las palabras que nuestros corazones no pueden expresar.

Encontramos historias en la quietud, poemas en los intervalos entre los momentos y una música suave en el ritmo de nuestra propia respiración.

Quienes elegimos la soledad no huimos de la vida; simplemente aprendemos a encontrarnos con nosotros mismos.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico. 

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.