He tenido la fortuna de vivir una buena vida. Y no porque haya sido perfecta, sino porque he aprendido a disfrutarla. Los desafíos que he enfrentado —y los que aún enfrento— la han hecho valiosa. 

La vida, para mí, se parece a un juego: cada etapa trae su propio aprendizaje y su propio “jefe final”. Durante años fue el miedo. En otros momentos, el pesimismo. Hoy, al mirarlo con distancia, entiendo que cada obstáculo tenía algo que enseñarme.

Cuando escucho a muchas personas hablar de sus vidas, oigo más quejas que gratitud. Muy pocos parecen verdaderamente satisfechos. Y eso es triste. Porque quien no encuentra una chispa que ilumine su oscuridad difícilmente sabrá reconocer la luz cuando aparezca. A veces la luz llega… pero pasa desapercibida.

La felicidad comienza con algo muy sencillo: encontrar una sola cosa por la cual estar agradecido. Solo una. No tiene que ser grandiosa. Aferrarse a ella, cuidarla, honrarla. Con el tiempo, esa pequeña gratitud abre los ojos a muchas más, hasta que agradecer deja de ser un acto aislado y se convierte en una forma de vivir. Y así debería ser.

Hubo un tiempo en que no era feliz. Hoy lo veo con claridad y me pregunto: ¿cuál era realmente el problema? Ya no existe. Quizás nunca fue tan grande como creí.

Algunas personas piensan que mi vida es casi mágica por la forma en que hablo de ella. Pero no se trata de magia: se trata de elección. Aprendí a amar mi vida tal como es. No envidio la vida de otros, porque sé que detrás de cada historia hay cargas invisibles. Cada quien lleva su propio equipaje. Y cuando lo entiendo así, también comprendo que muchos de mis “problemas” no son más que inconvenientes que el tiempo terminará resolviendo.

Creo firmemente que el mayor secreto para disfrutar la vida es amarla con sinceridad. Incluso cuando duele. Incluso cuando cuesta. Hay que encontrar una razón, aunque sea pequeña, y desde allí construir el sentido.

Es verdad: algunas personas llegan a este mundo con caminos más fáciles, otras con caminos profundamente dolorosos. Muchas veces no es culpa de nadie. Nadie elige el sufrimiento. Sin embargo, he visto personas marcadas por tragedias que, aun así, irradian más alegría que quienes aparentemente lo tienen todo. Eso me enseñó algo esencial: no se trata tanto de lo que ocurre, sino de quién eres frente a lo que ocurre.

Algunos solo comprenden el valor de los momentos cuando ya han pasado. Viven hacia atrás. Como si miraran un paisaje hermoso sin apreciarlo y solo después, desde la distancia, reconocieran su belleza. Esa es una forma triste de vivir: descubrir el valor cuando ya no se puede disfrutar.
Yo no quiero vivir así. Sé lo valiosas que son ciertas personas en mi vida. Sé el valor de la fe, de la familia, de los sueños que persigo. No necesito perderlos para entender su importancia. Puedo verlos ahora, porque he aprendido a mirar.

Muchas bendiciones están ocultas a simple vista. Tienes una familia que te ama, pero como siempre ha estado allí, no la valoras. Comes cada día, duermes bajo techo, respiras con normalidad… y todo eso parece tan “normal” que olvidas que también es un milagro cotidiano.

Mi vida no es distinta a la de cualquier ser humano: tiene luces y sombras. He vivido momentos hermosos y otros que parecían no terminar nunca. Y, aun así, sigo aquí. Y seguiré adelante. Los desafíos no dejarán de llegar, pero con fe, como siempre, los enfrentaré.

Nada me impedirá disfrutar este regalo sagrado que es la vida. Es un honor respirar el aliento que la vida nos concede. Y esa mirada —esa forma de vivir— también es una elección.

Elige vivir. Elige mirar con gratitud. Elige dejar de postergar la vida por miedo o preocupación. Vivir así es más pleno, más verdadero. Créeme. El llanto puede extenderse por la noche, pero la alegría llega… a su tiempo. Y a veces llega disfrazada, distinta a lo que esperábamos. Ojalá no la dejes pasar por no reconocer su forma.

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¡Gracias por leer!

Un abrazo respetuoso y sincero.

Patricio Varsariah.