Me llevó tiempo comprender lo fácil que es transitar por la vida sin preguntarnos qué es verdaderamente nuestro y qué hemos aprendido a desear porque otros nos enseñaron que debíamos hacerlo.

Gran parte de lo que hoy llamamos vivir puede convertirse, sin que nos demos cuenta, en una representación. Ya no nos limitamos a vivir; también nos preocupamos por mostrar una vida que los demás puedan admirar.

No compramos una casa únicamente para tener un techo, sino que, en ocasiones, lo hacemos para alcanzar un determinado estándar social. No elegimos un automóvil solamente por su utilidad, sino también por la imagen que proyecta. Algunas bodas dejan de ser una celebración íntima del amor para convertirse en grandes espectáculos donde la mirada de los invitados parece importar más que la propia unión. Incluso la educación de los hijos puede quedar condicionada por el deseo de pertenecer a determinado círculo social.

Así, poco a poco, la sociedad se convierte en una especie de juez invisible que parece evaluar nuestras decisiones, aunque nadie nos haya pedido explicaciones.

No todo lo que perseguimos nace de un sueño propio. Algunas aspiraciones son, en realidad, deseos de aprobación disfrazados de metas personales.
¿Y cuál es el verdadero coste de vivir de esa manera?
No siempre es económico. Muchas veces es existencial.

Cuando convertimos la vida en una sucesión de objetivos definidos por otros, nuestra individualidad comienza a desdibujarse. Los deseos propios ceden su lugar a las expectativas ajenas. Dejamos de preguntarnos qué queremos realmente y empezamos a preocuparnos por lo que los demás pensarán de nuestras decisiones.

Con el tiempo, podemos llegar a experimentar una extraña contradicción: tener una vida que parece plena desde fuera y sentir, en nuestro interior, que algo esencial nos falta.

Porque una vida bien adornada también puede sentirse vacía cuando no responde a lo que verdaderamente somos. Lo curioso es que, mientras nos esforzamos por impresionar a los demás, olvidamos que la mayoría de las personas está demasiado ocupada resolviendo sus propios asuntos como para prestar tanta atención a los nuestros. Nos desgastamos intentando satisfacer una mirada ajena que, muchas veces, apenas se detiene en nosotros.

Este ciclo se alimenta de la comparación.

Alguien mejora su estilo de vida y, casi sin advertirlo, aquello que antes nos parecía suficiente comienza a parecernos modesto. Lo que ayer nos hacía felices hoy puede producirnos cierta insatisfacción, simplemente porque otra persona ha alcanzado algo que nosotros todavía no tenemos. Y así, la meta vuelve a desplazarse. Siempre parece haber algo más que conseguir, algo más que comprar, algo más que demostrar. La satisfacción se aplaza para mañana, como si la vida comenzara únicamente después de alcanzar el siguiente objetivo.

Pero ¿qué sucede cuando llegamos a ese lugar que tanto deseábamos y descubrimos que la tranquilidad que esperábamos no estaba allí?

La presión exterior termina convirtiéndose en una exigencia interior. Empezamos a medir nuestro valor por medio de logros que quizá nunca tuvieron un significado verdaderamente personal. El estrés aumenta, la satisfacción disminuye y la vida, poco a poco, corre el riesgo de convertirse en una lista interminable de tareas pendientes, en lugar de ser una experiencia que merezca la pena vivir.

El problema, sin embargo, no es la sociedad en sí misma. Vivimos entre otras personas, aprendemos de ellas y compartimos con ellas buena parte de nuestra existencia.

El verdadero problema aparece cuando aceptamos sus normas sin examinarlas, cuando dejamos de distinguir entre aquello que necesitamos y aquello que creemos necesitar para sentirnos aceptados.

Desde la infancia aprendemos a buscar reconocimiento: buenas calificaciones, buenos trabajos, una imagen adecuada y determinados signos de éxito. La aprobación se convierte en una recompensa y, sin darnos cuenta, podemos terminar dependiendo de ella para reconocer nuestro propio valor.

Pocas veces nos enseñan a detenernos y preguntar:
¿Realmente quiero esto o he aprendido a desearlo?
¿Lo elegiría si nadie pudiera verlo?
¿Estoy construyendo una vida que me representa o una imagen que espero que los demás admiren?
Quizá nunca sea tarde para comenzar a hacernos estas preguntas.

Romper con este patrón no significa rechazarlo todo. Las casas, los automóviles, las celebraciones, los viajes y la educación tienen su valor. Podemos disfrutar de las cosas materiales, aspirar a mejorar nuestras condiciones de vida y celebrar nuestros logros sin que ello signifique vivir para impresionar a los demás. La diferencia está en la intención. Una casa elegida por la comodidad, la seguridad y el bienestar de quienes la habitan tiene un significado distinto cuando su principal propósito es demostrar una posición social.

Una boda sencilla, vivida con amor y autenticidad, puede dejar recuerdos mucho más profundos que una celebración extraordinaria organizada principalmente para recibir aplausos. Unas vacaciones planeadas para descansar, descubrir y compartir pueden ofrecernos mucho más que un viaje concebido para mostrar fotografías que despierten admiración o envidia. No es el objeto lo que determina su verdadero valor, sino el lugar que ocupa en nuestra vida y las razones por las que lo hemos elegido.

Una misma existencia puede convertirse en una fuente de presión o en una experiencia de serenidad, dependiendo de cuánto de ella nos pertenezca realmente.

Cuando vivimos pendientes de la aprobación ajena, nuestra tranquilidad queda expuesta a las opiniones, las comparaciones y las expectativas de los demás. Cuando aprendemos a reconocer nuestros propios motivos, comenzamos a recuperar algo mucho más valioso que la admiración: la libertad de decidir con conciencia y la tranquilidad de vivir en coherencia con nosotros mismos. Y quizá esa sea una de las formas más discretas de madurez: dejar de necesitar que nuestra vida parezca extraordinaria para reconocer que puede ser profundamente valiosa.

No necesitamos demostrarlo todo. No estamos obligados a competir con nadie. Tampoco tenemos que convertir cada logro en una exhibición ni cada alegría en una oportunidad para recibir reconocimiento. A veces, basta con saber por qué hemos elegido un determinado camino y sentir que podemos recorrerlo sin traicionarnos.

Porque la verdadera libertad no consiste en hacer siempre lo que queremos, sino también en aprender a distinguir cuáles de nuestros deseos nacen de nosotros y cuáles hemos adoptado para satisfacer las expectativas de los demás.

Al final, quizá la pregunta más importante no sea cuánto hemos conseguido, qué tenemos o qué imagen proyectamos. Quizá debamos preguntarnos algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de responder:
¿Estoy viviendo mi vida… o la estoy presentando?

— Patricio Varsariah.
Reflexiones serenas sobre la vida, el tiempo y el silencioso arte de comprender.
Nada definitivo: solo reflexiones de alguien que sigue aprendiendo a vivir.