No siempre podemos estar de acuerdo. No siempre compartiremos las mismas ideas, opiniones o formas de ver la vida. Y eso, inevitablemente, nos llevará a discrepar con amigos, familiares o con nuestra pareja. No existen relaciones humanas sin diferencias; lo que sí existe es la posibilidad —o no— de aprender a convivir con ellas.

Cuando decidimos buscar puntos en común, casi siempre debemos hablar de aquello que nos incomoda. Y aunque no todas las conversaciones conducen a una solución inmediata, el diálogo sigue siendo el único camino real hacia la comprensión.

El problema aparece cuando olvidamos el verdadero propósito de una conversación difícil: abordar el conflicto, no atacar a la persona. Hay quienes creen que discutir es una competencia de quién hiere más profundo. Exageran, tergiversan y convierten cualquier desacuerdo en una batalla personal. En esos casos, ya no se busca resolver nada: solo defenderse y sobrevivir emocionalmente.

Las emociones se desbordan, es humano. Pero cuando les entregamos el control absoluto de nuestra vida, las consecuencias suelen ser dolorosas. Nos conducen a errores que pueden costarnos relaciones valiosas, amistades sinceras y vínculos que pudieron haber sido luz en nuestro camino. 

Nadie desea convivir permanentemente con el conflicto. Las relaciones que crecen son aquellas donde existe retroalimentación honesta, respeto y madurez.

Cuando vivimos dominados por nuestras emociones, todo parece una lucha. El mundo se percibe como un enemigo y las personas entran y salen de nuestra vida con facilidad. Sin embargo, en gran medida, nuestro mundo exterior es reflejo directo de aquello que cultivamos en nuestro interior.

Uno de mis mayores temores es perder a personas queridas por culpa de mi ego o mi orgullo. No quiero volver a experimentar el remordimiento de haber tratado mal a alguien que merecía lo mejor de mí. 

Si alguna vez una relación debe terminar —sea con un amigo, una pareja o incluso un jefe— que sea desde la paz y no desde el rencor.

A veces, para conservar la dignidad, hay que aceptar parecer “tonto”. Solo cuesta el orgullo… y el orgullo no alimenta el alma. Cuando otros dicen: “yo no habría permitido eso” o “debiste responder”, muchas veces es señal de que actuaste con serenidad y madurez.

La reacción común es devolver insulto por insulto, desprecio por desprecio. Pero cuando te niegas a vivir bajo ese guion, descubres que la mayoría de las ofensas pierden su poder sobre ti. La verdadera fortaleza no está en ganar discusiones, sino en conservar la paz interior.

A veces basta con perder una batalla aparente —sobre todo cuando no la iniciaste— para que, con el tiempo, tu autenticidad quede al descubierto. Siempre ocurre. La coherencia termina hablando por ti.

Hoy comprendo mejor las palabras de mi madre cuando, siendo niño, me aconsejaba:
"¿Te quitaron algo con lo que dijeron? Entonces déjalo pasar. Sé inteligente, no reactivo."

Por eso, cuando escucho frases como “nadie puede decirme nada” o “yo siempre me devuelvo”, entiendo que estoy frente a personas con serias dificultades para dialogar. No buscan comprender: buscan imponerse. Con ellas no se construye, se sobrevive. Y por salud emocional, aprender a tomar distancia también es un acto de sabiduría.

Lo que muchos ignoran es que todos observan cómo tratas a los demás, incluso cuando crees que nadie lo nota. Tu forma de hablar, de responder y de comportarte deja huella. Puedes pensar que estás imponiendo respeto, pero tal vez solo estás sembrando rechazo.

El carácter verdadero se percibe a distancia. Se nota en los gestos, en las palabras, en la actitud. A veces incluso en personas físicamente atractivas. Pero ¿de qué sirve una buena apariencia si el carácter la vuelve inaccesible?

Si aún dudas si pedir disculpas te hará parecer débil, recuerda esto: 
la grosería está pasada de moda. Es primitiva. Es señal de pobreza interior.
El respeto, en cambio, siempre dignifica. *

Porque sí: los desacuerdos están permitidos. Pero la falta de respeto, nunca lo estará.

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¡Gracias por leer!

Un abrazo respetuoso y sincero.

Patricio Varsariah.