La masculinidad ha sido tan distorsionada en el mundo moderno que su sola mención suele evocar algo tóxico. Pero esa es solo una cara de la moneda. Al igual que el dinero, su valor no reside en sí misma, sino en cómo se usa. En las manos adecuadas, la masculinidad puede ser hermosa; en las equivocadas, destructiva.

Muchos hombres hoy están genuinamente confundidos: no saben quiénes son ni cómo serlo. Y en ese vacío, proliferan gurús digitales que prometen fórmulas infalibles para “ser un hombre”. Unos venden músculos como identidad, otro defensa personal como virtud, y algunos incluso reducen la masculinidad a la capacidad de proveer. 

Pero eso no es más que la comercialización de un concepto mal entendido. 

Lamentablemente, muchos siguen a esos autoproclamados maestros como si fueran mesías, olvidando que la verdadera guía nace del interior, no de un tutorial.

Con el tiempo —si uno se toma en serio el trabajo de autoconocimiento— aprende a observarse con honestidad. No se trata de adivinar quién eres, sino de registrar tus pensamientos, reconocer patrones repetitivos y elegir conscientemente no caer en ellos. Ese es el camino hacia la autenticidad.

Lo que muchos hombres olvidan es que, antes que nada, son humanos: seres con emociones, instintos, deseos y una necesidad innata de conexión. Cuando priorizan “exudar masculinidad” sobre ser quienes realmente son, terminan viviendo una realidad forzada. Cualquier enfoque que exija seguir pasos prefabricados para “actuar como un hombre” antes de interactuar con otro ser humano ya partió del error.

Yo, como hombre, he ido desarrollando mis instintos naturales de protección y provisión. Pero detrás de ellos late una fuerza aún más poderosa: la amabilidad. Nada grandilocuente. Solo consideración constante por los demás. Pensar en cómo mis palabras o acciones afectan a quienes me leen o están frente a mí. A veces, detenerme a mitad de una frase al darme cuenta de que, aunque lo que digo es cierto, el tono lo convierte en daño. Y recordar, siempre, que mis intenciones deben servir al bien común, no solo a mi ego.

La masculinidad no implica ausencia de conflicto, ni sumisión ante quienes buscan aprovecharse. Tampoco significa ingenuidad, ni inmunidad al error. Caerás. Herirás, quizás sin querer. Y eso está bien. La verdadera masculinidad no te hace perfecto; al contrario: te hace más consciente de tus imperfecciones, capaz de aceptarlas sin ponerte a la defensiva.

Quizás pueda escribir esto porque tuve el privilegio de crecer con padres que encarnaban con integridad lo que es ser humano. Por eso, cuando alguien me ha faltado al respeto —algo raro en mi vida—, lo he abordado con claridad. Si no hubo disposición al entendimiento, simplemente limité el contacto. No reaccionar no es debilidad; es sabiduría. Hay una belleza profunda en negarse a imitar la grosería ajena. 

Los hombres más fuertes no necesitan demostrar nada. Por eso no pelean por nimiedades.

Dominar las emociones —no reprimirlas— es conquistar casi la mitad de los problemas de la vida. No se trata de no llorar, de no leer poesía o de ocultar afecto. Se trata de ver con claridad adónde conducen tus actos, incluso cuando el corazón late de rabia. La verdadera fortaleza emocional es la lucidez en medio del fuego.

La humildad de no hacer que todo gire en torno a ti transforma vidas. No se trata de merecer respeto absoluto, sino de saber manejar la falta de él con dignidad y, cuando sea posible, con amabilidad.

El mundo te dirá: “Sé un hombre. No llores. No muestres vulnerabilidad. No te importe demasiado.” Pero eso es una mentira. No eres una máquina. He descubierto que cuanto más me preocupo genuinamente por los demás, más personas auténticas se acercan a mí. La conexión real nace del cuidado mutuo, no de la fachada.

Todo esto es posible solo si decides no dejar que el mundo te corrompa. Muchos de nuestros conflictos internos surgen porque hemos abandonado al niño que llevamos dentro: curioso, sensible, lleno de preguntas. Sí, te harán daño en esta vida —es inevitable—. Pero mientras unos usan ese dolor para volverse más sabios y compasivos, otros lo convierten en veneno. Y al final, vivirás con lo que hayas elegido convertirte.

No puedo decirle a otro hombre quién debe ser. Pero cada vez estoy más seguro de que la forma más simple —y más difícil— de ser verdaderamente masculino es ser tú mismo. Estudiarte. Entenderte. Dominar tus impulsos, no por represión, sino por elección consciente. Porque solo cuando vives en coherencia con tus valores —cuando embelleces tu alma con amor, bondad, gentileza y humildad— dejas de necesitar “parecer masculino”. Simplemente lo eres.

Y en ese estado, incluso reconocerás con claridad a quienes no caminan el mismo camino. No por juicio, sino por contraste.

Gracias por acompañarme en estas reflexiones.

Patricio Varsariah