La soledad que precede a la verdadera compañía.
Publicado por Patricio Varsariah el lunes, enero 19, 2026

Le estaba escribiendo a una amiga cuando, de repente, me interrumpió con una pregunta suave pero cargada: —¿Puedo hablar contigo?
Asentí, y comenzó a contarme lo confundida que se sentía. Se sentía sola, sí, pero al mismo tiempo no quería acercarse a quienes la buscaban. No sabía si lo que la detenía era inseguridad o miedo.
Pero yo la conozco bien. Sabía que no era miedo, ni tampoco falta de seguridad. Era algo más profundo.
Hacía poco me había hablado de sus amistades, decepcionada. Decía que todo parecía falso, movido por intereses egoístas. Entonces entendí: estaba superando su círculo actual, y esa evolución la dejaba en un espacio vacío. Pero, por supuesto, podía estar equivocada. Así que la dejé hablar.
Me dijo que tenía una sensación persistente de que nada era genuino; que ella misma no se sentía auténtica con esas personas, pero al mismo tiempo temía la soledad.
—¿Sabes —le pregunté— que a veces es mejor estar sola que fingir compañía?
Y ella, con la honestidad que solo da la duda sincera, respondió:
—¿Y si solo es miedo?
A menudo subestimamos lo difícil que es soltar a alguien. Actuamos como si el corazón tuviera un control remoto: apretamos “borrar” y listo, todo desaparece. Pero no es así. Cuando dejas atrás ciertas amistades, todo en ti —y en ellos— resiste ese cambio. Si insistes en aferrarte, la persona a la que intentas retener empezará a alejarse aún más. Te dejará hacer, callará, asentirá… pero ya no estará ahí de verdad. Porque, aunque creas que luchas por conservar algo valioso, en realidad solo estás forzando lo que ya perdió su forma natural.
Una verdadera amistad no exige que demuestres constantemente tu valor. No requiere esfuerzos desesperados para ser vista, escuchada o querida. Claro, implica comunicación, presencia, cuidado mutuo… pero nunca la necesidad de probar que mereces estar ahí. Eso ya es señal de que algo está roto.
Así que le dije: —Sí, puede que sea miedo. De hecho, es miedo. Pero no solo miedo a estar sola o a conectar. También es miedo a equivocarte otra vez, a abrirte y que te usen. Anhelas la amistad porque extrañas la complicidad, la risa espontánea, esa hermandad que nace sin condiciones. Pero ya no eres la misma. Las experiencias te han marcado, y ahora eliges con más sabiduría. Ir a lo seguro no es cobardía; es madurez.
No ignores tu intuición por el deseo de tener compañía. La verdadera amistad no nace de la necesidad, sino de la elección consciente. Y si sientes que algo no encaja, probablemente no encaja.
Duele soltar a quienes alguna vez significaron algo. Quieres que sigan contigo, que entiendan tu cambio. Pero a veces, el mundo interior se transforma más rápido que las relaciones que lo rodean. Resistir ese movimiento solo te hará más daño.
Estás en un umbral. Estás dejando atrás amistades que ya no resuenan contigo, y como fueron tu refugio durante tanto tiempo, ahora el silencio duele. Pero ese silencio es necesario. Es en la soledad donde descubrirás qué tipo de vínculos realmente deseas construir… y quién eres tú cuando ya no tienes que adaptarte a nadie.
Tienes dos caminos: volver a encajar en lo que ya no te pertenece, o aceptar —con dolor, pero con dignidad— la nueva forma que has tomado. Ninguno de los dos será fácil. Pero ambos son parte del precio de crecer. Y créeme: vale la pena pagarlo.
La soledad no siempre es ausencia. A veces, es el espacio que necesitas para volver a encontrarte… y desde ahí, elegir con claridad a quién invitar a caminar contigo.
¡Gracias por leer!
Un abrazo respetuoso y sincero.
Patricio Varsariah.
