Nos encanta la música, ¿verdad?  Sí, no solo la que se escucha, la que se desliza entre los oídos y se asienta suavemente en el pecho. La que te hace mover los pies sin pedir permiso, la que te balancea los hombros antes de que tu mente pueda seguirles el ritmo.

Algunas canciones no suenan, así como así. Nos reconocen. Y de repente, nos movemos al ritmo, nuestros corazones asienten al ritmo de la letra, como si hubiera sido escrita solo para nosotros.

Estás de acuerdo conmigo, ¿verdad?

Pero dime, ¿con qué frecuencia escuchas la música que vive en tu interior?

Sí, esa. Es la música que surge cuando finalmente te quedas en silencio. La que zumba bajo tu risa, la que tiembla en tu silencio, la que se eleva cuando tu corazón empieza a hablar con sentimientos en lugar de palabras.

Lentamente, tu corazón encuentra un ritmo. Empieza a resonar con tu propia historia, tus esperanzas, tu transformación, el amor que llevas, el peso que has aprendido a soportar. Tus brazos se elevan, no porque intentes bailar, sino porque algo dentro de ti pide espacio.

Entonces ya no son solo tus brazos. Todo tu cuerpo empieza a saborear la música, cada respiración, cada dolor, cada tierna alegría, moviéndose en armonía.

Y ay... ¿cómo se siente? Se siente como volar. Se siente como ingravidez. Como flotar en cielos abiertos, rozando nubes que no exigen respuestas. Como entrar en un espacio sagrado donde no necesitas permiso para ser exactamente quién eres.

Aquí no te explicas. No editas tus sentimientos. No te apresuras. Existes, plena, honesta, tiernamente.

Así que diré esto, como un amigo que te da un empujoncito en el hombro: Pausa. Respira. Suéltalo. Ya sea que te pongas de pie o te sientes en silencio, deja que esa música interior suene. Déjala fluir a través de ti. Siéntela. Vívela. Saborea cada nota.

Porque a veces, la canción más hermosa, sanadora y reveladora del alma no es la que suena en tus auriculares, sino la que tu corazón ha estado componiendo desde siempre.

Creo que empezamos a experimentar esta música interior en el momento en que empezamos a vivir en aceptación de quienes somos, tal como somos. Cuando ofrecemos a los demás el espacio para simplemente ser, poco a poco aprendemos a ofrecernos esa misma gracia a nosotros mismos. Y lo más hermoso es que no necesitas nada más para experimentarla. No hay momento perfecto, ni lugar especial. Dondequiera que estés, ya es posible.

Mientras escribía esto, me vino a la mente una letra de " Conoce la luz de la luna " de Jack Johnson: "Bueno, puedes encontrarte con la luz de la luna, cualquier noche que quieras, te espera en tu propio jardín". Y creo que eso es exactamente lo que quería decir. La música ya está ahí dentro de ti, esperando pacientemente que la encuentres, que la sientas y que la disfrutes.

Quizá esta música interior comienza a escucharse con claridad cuando empezamos a vivir desde la aceptación de quienes somos, tal como somos. Cuando aprendemos a ofrecer a los demás el espacio para ser, sin exigir ni corregir, lentamente descubrimos cómo ofrecernos esa misma gracia a nosotros mismos.

Y lo más hermoso es que no necesitas nada más para escucharla. No hace falta un momento especial ni un lugar perfecto. Dondequiera que estés, ahora mismo, ya es posible.

La música ya vive en ti. No tiene prisa. Espera en silencio a que te detengas, a que escuches, a que te permitas sentirla. Y cuando lo haces, aunque sea por un instante, algo dentro se ordena, se aquieta… y recuerda quién es.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.