Que este escrito siga sembrando preguntas donde antes solo había costumbre.

Durante generaciones, muchas mujeres han sido medidas por un calendario que no eligieron. Este escrito no pretende confrontar, sino invitar a una reflexión honesta: ¿desde cuándo la vida de una mujer se resume en un anillo y una fecha? Tal vez sea momento de revisar los relojes que heredamos y preguntarnos si todavía marcan la hora correcta.

Este escrito sobre la mujer tiene una intención muy clara: no busco criticar, juzgar ni convencer. Busco sembrar una interrogación serena en el corazón de quien lo lea.

Desde muy joven me he hecho una pregunta que aún hoy sigue vigente:
¿Desde cuándo el matrimonio se convirtió en un logro?
¿Desde cuándo se transformó en un trofeo?

Recuerdo que, en mi pueblo, se repetían frases que parecían inofensivas, pero que pesaban como sentencia: “Eres mujer, no hombre; debes preocuparte por tu edad. Mientras más años pasen y no te hayas casado, más difícil será encontrar marido. Después, nadie te querrá”. Era como si ser mujer tuviera fecha de vencimiento. Como si existiera un límite invisible que, al cruzarse, disminuyera su valor.

A veces da la impresión de que a las mujeres se les mira como productos en una vitrina: evaluadas por su edad, por su apariencia, por cuánto tiempo han permanecido “disponibles”. Como si el tiempo, en lugar de enriquecerlas, las depreciara.

La sociedad, muchas veces sin notarlo, imprime fechas simbólicas en los cuerpos femeninos: digna o no digna, elegida o descartada. Como si su valor dependiera de la mirada ajena. Como si la validación llegara únicamente cuando alguien las escoge.

Y entonces vuelvo a preguntarme:
¿Desde cuándo el valor de una mujer depende de su estado civil?
¿Desde cuándo su vida debe ajustarse a un guion que quizá nunca escribió?
¿Desde cuándo el matrimonio se convirtió en el certificado de éxito?

La verdad es simple: no todas las mujeres sueñan con bodas. No todas crecieron imaginando vestidos blancos ni pasillos adornados. No todas nacen caminando hacia un altar.

Algunas sí desean compartir su vida con alguien, formar un hogar y criar hijos. Y ese sueño es tan legítimo como cualquier otro. Es hermoso cuando nace de la elección y no de la presión.

Pero otras mujeres sueñan distinto. Sueñan con aeropuertos y pasaportes llenos de sellos. Con proyectos propios. Con madrugadas creativas. Con silencios elegidos. Con aventuras que no caben en un molde tradicional.
Ninguno de esos sueños es menor.
Ninguno vale menos que un anillo o una ceremonia.

Por eso quizá sea momento de dejar de preguntar “¿cuándo te casas?” como si fuera un examen pendiente. Dejar de mirar el calendario como una advertencia. Dejar de cronometrar vidas que no nos pertenecen.

Las mujeres no son objetos. No son alimentos que pierden frescura. No son productos con etiqueta de vencimiento. Una mujer no caduca. No llega tarde.
Simplemente no sigue el reloj de otros.

Y cuando elige casarse, lo hace porque quiere. Y cuando elige no hacerlo, también.

Tal vez la verdadera madurez social no esté en decidir por ellas, sino en respetar que cada mujer es autora de su propio tiempo.

El valor de una mujer no se mide por un estado civil ni por una fecha en el calendario. Se mide por su conciencia, su libertad y su capacidad de elegir. Y quizá el día en que dejemos de contarle los años para empezar a respetarle las decisiones, habremos dado un paso más hacia una sociedad verdaderamente justa.

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Con gratitud,

Patricio Varsariah.