¿Cuántos hombres han pronunciado alguna vez la frase: “¿Solo estaba enojado”, mientras contemplaban, abatidos e impotentes, cómo aquello que tardaron toda una vida en construir se convertía en cenizas? Incontables. Y, sin embargo, cabe preguntarse con honestidad: ¿hemos aprendido algo de sus caídas?

No es casual que la ira haya sido llamada desde antiguo una locura pasajera. Su carácter efímero no la hace menos devastadora; al contrario, su fugacidad es precisamente lo que la vuelve más peligrosa. Basta un instante, una tarde cualquiera, un martes sin importancia aparente, para derrumbar décadas de esfuerzo, vínculos, sueños y sentido.

He llegado a pensar que la ira es, en esencia, un acto de apropiación indebida: tomamos todo aquello que el mundo nos arroja —palabras torcidas, gestos malinterpretados, heridas ajenas— y lo hacemos nuestro. 

Alguien nos hiere, y en lugar de dejar que su veneno caiga al suelo, lo bebemos con avidez, como si nuestra sed necesitara precisamente de ese amargor. Luego, desde esa intoxicación, lo devolvemos multiplicado.

Con el tiempo he comprendido que perdonar —o incluso elegir no ofenderse— no es solo una virtud admirable: es una tarea diaria, una disciplina del alma. Cada mañana, al abrir los ojos, deberíamos recordar que el mundo nos pondrá a prueba. Personas, circunstancias, palabras: todo puede rozarnos, herirnos, provocarnos. La verdadera libertad consiste en no reaccionar automáticamente a cada estímulo.

Recuerdo una conversación reciente en la que alguien lanzó un comentario sarcástico. Elegí ignorarlo. Más tarde, al recordar mi reacción, sentí una especie de orgullo: me felicité por mi dominio. Pero luego comprendí algo más profundo: eso era simplemente lo correcto. No había mérito en no caer en la trampa; no necesitaba celebrarme por actuar con sensatez. Tal vez soy severo conmigo mismo, pero prefiero esa severidad honesta antes que la cómoda mentira del autoengaño.

La ira nubla la mirada. Cuando estamos dominados por ella, dejamos de distinguir entre broma e insulto, entre intención y accidente. Todo se convierte en amenaza. Y hay quienes saben aprovechar esa ceguera: provocan, observan, toman nota. Estudian qué palabras nos desestabilizan, qué gestos nos inflaman. Cuando descubren que pueden manipular nuestra emoción, diseñan sus juegos alrededor de esa debilidad. La ira, entonces, no solo nos hiere: nos vuelve previsibles.

Por eso, quizá, lo más admirable en un ser humano no sea su fuerza ni su elocuencia, sino su capacidad de mantenerse sereno en medio del caos. El verdadero poder es interior.

He observado algo constante en mi propia experiencia: cada vez que actué movido por la ira, incluso cuando creía tener razón, terminé arrepentido. Siempre. Y casi siempre acabé pidiendo disculpas. Porque la ira jamás me dejó una sensación de dignidad, sino de desorden interno, de desconexión conmigo mismo.

Hay quienes han encontrado una forma curiosa de despertar conciencia: mirarse al espejo cuando están enfadados. Al ver su rostro deformado por la tensión, sus facciones endurecidas, su expresión irreconocible, algo se quiebra. Comprenden que esa versión alterada no les pertenece realmente. Me parece un gesto profundamente lúcido: enfrentarse al propio reflejo como quien contempla las consecuencias visibles de un fuego interior.

Por eso he decidido hacer un pequeño experimento, quizás algo excéntrico, pero profundamente simbólico. Llevaré conmigo un espejo. Cada vez que sienta que la ira comienza a surgir, lo sacaré y me observaré. Quiero ver con claridad qué ocurre en mí cuando pierdo la calma. Intuyo que esa imagen será suficiente para devolverme a la razón.

Sería triste atravesar la vida encerrado en la amargura, terminando solo, habiendo alejado a quienes amábamos —o podríamos haber amado— por actos impulsivos nacidos del descontrol. 

Porque cuando actuamos siempre desde la ira, no solo herimos a los demás: nos traicionamos a nosotros mismos. Reaccionamos con dureza, pedimos perdón después, pero no todos pueden —ni quieren— vivir dentro de esa confusión constante.

La serenidad no es debilidad. Es conciencia. Es elección. Es respeto por uno mismo y por los demás.

Gracias por leer.

Patricio Varsariah