La fuerza de seguir siendo amable.
Publicado por Patricio Varsariah el martes, abril 28, 2026

En un mundo donde endurecerse parece una forma de protección, hay quienes eligen otro camino: permanecer sensibles sin quebrarse, abiertos sin perderse. Este texto es una reflexión sobre esa valentía silenciosa que no se exhibe, pero que sostiene el alma incluso en medio de la pérdida.
Seguiré siendo amable. No como algo expuesto al mundo para ser visto, sino como algo que habita en mí, como una brasa eterna que simplemente sabe arder. Una llama silenciosa que no cuestiona quién es digno de su calor, que no mide dónde es recibida, que permanece constante, sin perderse.
Han existido momentos lentos, casi imperceptibles, donde la ternura pareció diluirse entre mis manos. Instantes en los que aquello que sostenía con cuidado se transformó en ausencia, en un silencio tan profundo que rozaba lo sagrado en su dolor. Y aun así, incluso en esa disolución callada, no aprendí el lenguaje de la frialdad.
Sería más sencillo endurecerme, volverme piedra: intocable, inmune al desgaste de lo pasajero.Refugiarme en una distancia donde nada logre atravesar lo suficiente como para dejar huella.
Pero no estoy hecho de esa materia. Hay algo en mí que permanece abierto, poroso, como tierra que, aun después de la tormenta, sigue dispuesta a recibir la lluvia. Y he comprendido que eso no es fragilidad, sino una forma de fortaleza: el coraje de permanecer sensible en un mundo que muchas veces castiga la sensibilidad.
Sí, hay dolor. Pero no se impone, no reclama. Se mueve como una marea lejana, regresando sin urgencia, habitando los espacios entre las palabras, en pausas que tiemblan suavemente.
Ya no me resisto a él. Lo dejo atravesarme, como el viento que entra por una ventana abierta: roza, transforma… y luego se va. Porque no todo lo que nos toca está destinado a quedarse, y no todo lo que se va se lleva algo esencial.
No soy la tormenta que rompe el cielo. Soy el cielo mismo: vasto, silencioso, capaz de contener el caos sin convertirse en él. Y en esa certeza, algo en mí ha encontrado quietud. He dejado de confundir intensidad con permanencia, y ausencia con pérdida de valor. Lo que debe permanecer… permanece sin esfuerzo.
Por eso elijo, una y otra vez, seguir siendo suave. No desde la ingenuidad, sino desde una serenidad consciente. Existe un equilibrio sagrado en esta forma de estar: ni cerrarme al mundo, ni perderme en él. Seguiré ofreciendo calidez, incluso cuando regrese fragmentado. Seguiré hablando con suavidad, incluso cuando el silencio parezca más seguro.
No porque ignore las fracturas, sino porque me niego a convertirme en una de ellas.
El mundo olvida con facilidad: retiene poco, suelta rápido, continúa sin mirar atrás. Pero yo no estoy aquí para imitar ese ritmo. Estoy aquí para recordar. Recordar lo que significa sentir sin calcular, dar sin llevar cuentas, estar sin medir cuánto de mí es recibido. Y si todo se desmorona —como a veces ocurre cuando la cercanía se convierte en distancia— lo aceptaré. Sin resistencia. Sin amargura. Con una serenidad que no me reduce.
Porque he comprendido algo esencial: no es lo que se queda o se pierde lo que define, sino la forma en que elegimos permanecer en medio de todo ello. Y así, incluso ahora, en lo que fue y en lo que ya no es,
seguiré siendo amable.
La paz no nace de controlar lo que sucede, sino de comprender quién elegimos ser cuando todo cambia.
— Patricio Varsariah
