La forma en que te tratan habla de lo que permites.
Publicado por Patricio Varsariah el jueves, enero 1, 2026

Este escrito no impone, no victimiza ni acusa. Es, querido lector o lectora, una invitación a asumir la responsabilidad sobre uno mismo. A través de mis escritos, intento ser una luz diferente en el mundo, basada en la reflexión, la presencia y la intención.
Cada vez que guardas silencio cuando algo te lastima, enseñas que eso está bien.
Tu tiempo y tu amor son energía: entrégalos con conciencia, según lo que lo merezca, y reserva una parte para ti. A eso se le llama poner límites.
Cuando te entregas solo para encajar, terminas quedándote a solas con la culpa y la carga. Crees que insistir protegerá la relación, pero olvidas que regar flores de plástico nunca las hará florecer.
No todos merecen acceso a la energía que has decidido cuidar. Protegerla implica comunicar reglas claras a quienes necesitan conocerlas. El respeto no se exige: se construye elevando tus estándares.
El amor que das debería corresponderse con el amor que recibes. Incluso el sol se pone para que las flores descansen de sonreír todo el día.
La forma en que las personas te tratan revela cuánto te valoran.
Si te insultan, incluso en broma, es porque así te perciben. En una relación cercana, donde hay acuerdos y conciencia, el lenguaje puede ser flexible. Pero si tu pareja o un amigo usa ese mismo tono delante de otros, cruza una línea: degrada tus valores y normaliza lo tóxico.
Las palabras, aunque fáciles de pronunciar, pesan como mil espadas. Cuando permites que otros te etiqueten sin límite, comienzas a perderte a ti mismo.
Toda relación necesita límites claros: con la pareja, los amigos, los hermanos o los padres. Y esos límites incluyen cómo te nombran y cómo te presentan ante los demás. No importa cuán cercana sea la relación: la claridad también es una forma de amor.
Poner límites no es construir un muro para aislarte. Es establecer reglas que protegen tu bienestar mental, tu energía y tu dignidad. Al hacerlo, fortaleces tu autoestima. No es egoísmo: es respeto propio.
Al final, las personas te tratan como creen que te mereces. Defenderte es mostrar lo que vales, afirmar tus estándares y enseñar hasta dónde pueden llegar. Porque, finalmente, la gente te trata como tú lo permites.
La presencia también se defiende. Y defenderte es el acto más honesto de amor propio.
Si este escrito resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico.
¡Gracias por leer!
Un abrazo respetuoso y sincero.
Patricio Varsariah.
