Me encanta conocer gente y observarla con atención: a quienes llevan la historia en la postura, a quienes recorren el mundo con recuerdos sin sanar, viejas heridas y duelos inconclusos.

Han conocido el daño. Han sido moldeados por la pérdida, por momentos que pudieron haberlos endurecido. Y, sin embargo, algo en ellos se niega a apagarse.

Hay esperanza en sus ojos. No es ruidoso ni ingenuo, sino sereno y firme. Brilla en su sonrisa y se instala en su manera de hablar, de escuchar, de permanecer. Estas personas se convierten en esperanza sin anunciarlo. Su presencia enseña más que cualquier consejo: que sobrevivir no exige amargura, que la dulzura puede convivir con la fuerza, que es posible aferrarse a la cuerda de la esperanza sin castigarse por cada caída.

Nos muestran que la desesperación no merece nuestra constante autoculpa; que preguntarnos una y otra vez “¿por qué me pasó esto?” comienza a perder poder cuando la compasión reemplaza a la crueldad hacia nosotros mismos.

Y luego ESTAN LOS OTROS: aquellos que abandonan la esperanza tras un solo capítulo doloroso, como si una página bastara para definir todo el libro. Cuando los veo, algo en mí se duele. 

Quisiera preguntarles, con suavidad, pero con honestidad:
¿por qué permites que una tormenta te convenza de que el cielo ha desaparecido?

Hay tanta vida aun desplegándose a tu alrededor. Tantas misericordias olvidadas, pequeñas alegrías esperando ser percibidas. Pero el dolor los atrapa en la repetición, reviviendo el mismo instante hasta que parece eterno.

Quisiera decirles que hagan una pausa, que levanten la mirada, que noten los milagros cotidianos: la calidez de una mañana, una voz familiar, la simple verdad de seguir aquí.

La esperanza no exige perfección. Solo te pide que resistas. Cuando despiertas cada día con un atisbo de luz en el pecho, cuando permites que la esperanza habite tu aliento, reabres caminos que creías cerrados.

Poco a poco, las pequeñas alegrías regresan. No de golpe, sino con fidelidad. Momentos antes ignorados vuelven a hacerse presentes.

Creo que la esperanza es la medicina más humana que poseemos. No borra el sufrimiento, pero nos enseña a atravesarlo sin perdernos. Por eso, incluso en tus capítulos más oscuros, abre las manos y agarra la cuerda de la esperanza. Ella te guiará, pacientemente, hacia páginas escritas con luz, hacia capítulos que aún recuerdan el amor.

Hay personas cuya presencia invita a quedarse en silencio y escuchar, como si su vida misma fuera una lección en desarrollo. Personas que han conocido una pérdida inmensa: sobrevivieron a relaciones desmedidas, atravesaron separaciones dolorosas y hoy caminan en soledad. Y, aun así, hay en ellas una luminosidad innegable.

La esperanza se refleja en sus ojos, suaviza su sonrisa. Mientras hablan de sus rutinas, de pequeños rituales y de ese impulso de dar incluso cuando tienen poco, uno no puede sino admirarlos. No fueron inmunes al dolor: fueron moldeados por él. Personas así me recuerdan por qué sigo creyendo en la esperanza.

Admiro profundamente a quienes continúan llevándola consigo, no porque la vida haya sido amable con ellos, sino porque decidieron seguir siendo amables con la vida, a pesar de todo.

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¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.