Hoy, 29 de agosto, cumplo setenta y seis años.

Y al mirar hacia atrás, lo primero que siento no es nostalgia ni temor por los años que han pasado, sino un profundo agradecimiento por la vida que me ha permitido llegar hasta aquí.

Setenta y seis años… un largo camino, con días luminosos y otros no tanto. Algunos difíciles, algunos malísimos y, por qué no decirlo, otros todavía peores. Pero todos forman parte del camino. Porque vivir no significa que todos los días sean buenos; significa seguir caminando incluso cuando la vida nos pone sobre la cuerda floja.

Y aquí estoy, en el kilómetro 76.

Quizá uno de los mayores logros de una vida no sea haber acumulado muchas cosas, sino haber conservado la posibilidad de decidir sobre nuestra propia existencia.
A esta edad, la independencia deja de ser simplemente una aspiración y se convierte en una de las formas más profundas de dignidad.
Tener salud para valernos por nosotros mismos.
Tener serenidad para vivir sin demasiados miedos.

Y, cuando sea posible, disponer de nuestros propios recursos para no convertir nuestras necesidades en una carga para quienes amamos.

La salud, a estas alturas del camino, no significa necesariamente estar libres de enfermedades. Significa tener la suficiente autonomía para seguir tomando decisiones, disfrutando de las pequeñas cosas y encontrando razones para levantarnos cada mañana.

Y también la autonomía económica, sin excesos ni ambiciones desmedidas, puede convertirse en una forma de libertad: la tranquilidad de saber que podemos sostener nuestra vida sin depender de otros.

No se trata de competir con nadie, ni de demostrar cuánto hemos conseguido.

Después de tantos años, quizá la verdadera riqueza consista en algo mucho más sencillo: despertar cada mañana, disponer de nuestro tiempo, cuidar nuestra salud, disfrutar de la tranquilidad, compartir con quienes queremos y conservar la libertad de elegir nuestro propio camino.

Tal vez la juventud nos enseñó a conquistar el mundo.
La madurez, a construirlo.
Y la vejez puede enseñarnos algo todavía más profundo: a valorar lo que realmente importa y a conservar nuestra libertad dentro de ese mundo que alguna vez quisimos conquistar.

A los setenta y seis años ya no necesito que la vida me demuestre que puedo tenerlo todo.
Me basta con conservar lo esencial:
salud para vivir,
serenidad para comprender,
amor para compartir
y libertad para decidir.

Porque al final, quizá uno de los mayores logros de una vida no sea cuánto dinero conseguimos, cuántas cosas poseímos o cuántos éxitos alcanzamos. Quizá sea poder llegar a este punto del camino y decir, con tranquilidad: “Todavía puedo decidir sobre mi vida.”

Y mientras podamos hacerlo, todavía conservamos una de las formas más hermosas de riqueza: nuestra dignidad.

Pero hoy quiero ir un poco más allá. Quiero agradecerle a la vida no solamente por haberme permitido llegar al kilómetro 76, sino por cada kilómetro recorrido. Por los caminos fáciles y por aquellos que me hicieron tropezar.
Por las personas que llegaron para quedarse y por las que se fueron dejando alguna enseñanza.
Por los encuentros, por las despedidas, por las alegrías y también por los dolores que, aunque en su momento no lo comprendiera, terminaron enseñándome algo.

Agradezco las oportunidades que tuve, las que aproveché y también aquellas que dejé pasar. Agradezco lo que aprendí, pero mucho más aquello que todavía me queda por aprender. Porque cumplir años también es descubrir que nunca terminamos de caminar, de comprender, de sorprendernos.

Hoy no celebro solamente que tengo 76 años.
Celebro que todavía estoy aquí.
Todavía puedo mirar un árbol y detenerme a contemplarlo.
Todavía puedo emocionarme con una palabra, una mirada, una puesta de sol o una conversación.
Todavía puedo escribir lo que pienso y siento.
Todavía puedo aprender.
Todavía puedo cambiar.
Todavía puedo agradecer.
Y mientras exista esa posibilidad, la vida sigue teniendo algo nuevo que ofrecerme.

Por eso, en este día, más que pedirle años a la vida, quiero agradecerle los que me ha regalado. No sé cuántos kilómetros quedan por recorrer. Pero sí sé que quiero seguir caminando con presencia, con intención y con gratitud.

Gracias a mi madre, a la vida, por haberme traído hasta aquí.

Y gracias a todos ustedes, familiares y amigos, por sus saludos, por sus palabras, por sus buenos deseos y por haber hecho que este kilómetro 76 comience rodeado de afecto.

Los recibo con el corazón abierto y con una certeza sencilla: el mejor regalo de cumplir años es seguir teniendo razones para agradecer que estamos vivos.

Con gratitud,
Patricio Varsariah.