Esperar estar siempre motivado es una trampa.
Publicado por Patricio Varsariah el viernes, enero 23, 2026

Me alegra que te hayas encontrado con estas palabras. Quizás no por casualidad. Quizás porque hoy es uno de esos días.
He empezado muchas cosas y he dejado demasiadas a mitad de camino. Recuerdo el entusiasmo del comienzo, la emoción de contarle al mundo todo lo que haría, los planes, las promesas, la ilusión encendida. Pero algo ocurría siempre después: a mitad del trayecto, cuando la novedad se desvanecía, cuando la emoción inicial se agotaba… me detenía.
A veces con suavidad, casi sin darme cuenta: “Hoy estoy cansado, mañana continúo”. Y mañana llegaba con nuevas excusas, nuevas demoras, nuevas renuncias disfrazadas de prudencia. Hasta que un día comprendía la verdad incómoda: ya no estaba haciéndolo en absoluto.
Durante mucho tiempo creí que el problema era la falta de motivación. Pero luego comprendí algo más profundo: la motivación es frágil. Se agota. Es como el hambre: hoy está, mañana no. No puede ser el motor de una vida con propósito.
Esperar estar siempre motivado es una trampa.
Algunas personas avanzan con un simple “hazlo y ya”. Otras necesitan razones, inspiración, ejemplos, empujones. Pero llega un punto en que nadie empuja. Nadie recuerda tu propósito. Nadie acompaña tu proceso silencioso. Y entonces surge la verdadera pregunta: ¿Te detendrás solo porque nadie está mirando?
Aquí es donde aparece lo esencial: el deseo verdadero. No el deseo superficial del entusiasmo inicial, sino el deseo profundo que permanece incluso cuando duele, incluso cuando cansa, incluso cuando nadie aplaude. Ese deseo que nace de una visión clara. Porque muchos abandonan no por falta de talento, sino por falta de visión interior. Sus ojos ven, pero su mente no contempla el destino.
Empezar no es difícil. Todos empiezan. Lo extraordinario es terminar.
No hay recompensa por comenzar. Las recompensas —las reales— son para quienes permanecen. Para quienes continúan cuando están cansados. Para quienes siguen cuando dudan. Para quienes lloran y aun así no abandonan. Porque la verdadera recompensa no es lo que el mundo entrega, sino la parte del alma que se expande cuando perseveras.
Este mundo es demasiado vasto para que una sola persona se lleve todas las recompensas. Siempre habrá espacio para quien se quede el tiempo suficiente. Siempre habrá fruto para quien no abandone antes de la cosecha.
Pero muchos desertan porque solo quieren ser vistos en el comienzo, no están dispuestos a atravesar la soledad del proceso. No quieren el silencio, la incertidumbre, la incomodidad del crecimiento. Y, sin embargo, sin ese territorio incómodo, nada verdadero florece.
La vida también es constancia. Es repetición humilde. Es fidelidad al pequeño gesto diario.
Escribes hoy. Vuelves a escribir mañana. Mientras otros escriben tres veces más. No necesariamente mejor, pero más constante. Y la constancia, tarde o temprano, crea frutos.
Cuanto más haces, más sucede. Cuantas más siembras, más posibilidades nacen. Cuanto más permaneces, más puertas se abren. El camino no exige perfección. Exige permanencia. Si has comenzado algo —o estás a punto de hacerlo— prepara tu espíritu para terminar. No cuando sea cómodo. No cuando sea fácil. Sino pase lo que pase.
Porque aquello que terminas con conciencia y fidelidad no solo transforma tus resultados: transforma tu ser. Y esa es la recompensa más alta.
¡Gracias por leer!
Patricio Varsariah.
