Se escribe mejor cuando se escribe desde la experiencia. Qué vacío resulta sentarse a escribir cuando no se ha luchado por la vida.

Cualquiera puede decir cualquier cosa, pero quienes hemos vivido aquello que narramos —especialmente cuando se trata de circunstancias dolorosas— lo sabemos. La escritura que nace de la experiencia es más honesta, más humana, más verdadera. Y quienes han atravesado caminos similares no solo se identifican con nuestras palabras: las comprenden profundamente, porque reconocen su origen.

Quienes no han vivido lo que contamos pueden pensar que exageramos, que dramatizamos o que solo buscamos atención. Y está bien. No escribimos para convencerlos.

Porque quien escribe desde la sinceridad no busca validación. No persigue aplausos ni cifras. Escribe porque necesita soltar el peso, dar forma al dolor, ordenar el caos. Escribe pensando, quizás sin saberlo, en alguien que atraviesa una noche parecida y que, al leer, susurra: “Dios mío… ¿entonces sí se puede sobrevivir a esto?”

No importa lo que hayas pasado —o estés pasando—: déjalo escrito. Déjalo huella. Algún día no solo mostrarás tu cicatriz, sino también los pensamientos y sentimientos que habitaban en ti cuando esa herida aún estaba abierta. Y eso tendrá un valor incalculable para otros.

No existimos solo para nosotros mismos. Existimos como piezas de un rompecabezas invisible en la vida de alguien más, aunque nunca lleguemos a saberlo. Existimos para mostrar otras posibilidades, para ampliar la mirada del otro, para desafiar lo que se creía normal o imposible.

Es nuestro deber ocupar con dignidad el espacio que nos corresponde en el universo, y hacerlo con valentía y gratitud.

Lo que fue tu maldición puede convertirse en tu regalo al mundo. Tu lucha puede ser la historia que otro necesita para resistir un día más. Somos historias derramando tinta a cada paso. Que nuestras huellas sean claras, profundas, legibles; que quien venga detrás no encuentre rastros confusos, sino señales honestas para decidir si seguir, detenerse o tomar otro rumbo.

Siempre me ha fascinado la historia, porque contiene las lecciones que la humanidad ha confirmado con hechos. No basta con advertencias abstractas: basta con observar las consecuencias reales en quienes ignoraron esas advertencias para comprender su verdad.
Así deberíamos vivir: no solo de oídas, sino de evidencias. Y sí, también de fe. Porque no todo camino ha sido recorrido antes. A veces alguien debe ser el primero en creer, en intentar, en sostener una idea contra toda probabilidad. Y cuando lo logra, su vida se convierte en prueba viva para otros que dudan.

Si estas palabras resonaron contigo, compártelas. Tal vez despierten reflexión, empatía, creatividad o conciencia en alguien más.

Gracias por leer.

Un abrazo respetuoso y sincero.

Patricio Varsariah