Entre Dios y la intimidad de mi alma.
Publicado por Patricio Varsariah el martes, marzo 17, 2026

Hay preguntas que no se responden en voz alta. No nacen para el debate ni para la certeza, sino para el recogimiento. En un mundo que insiste en nombrarlo todo, también existe un lenguaje silencioso: el de aquello que se siente, se intuye… y se guarda.
Algunas cosas crecen mejor en silencio. No sé si creo en Dios. Pero pienso en Él. Y al hacerlo, me lleno de preguntas. Preguntas que no busco responder afuera, sino descendiendo con cuidado hasta el fondo de mi propia alma. Tal vez ahí habita una forma distinta de espiritualidad. Una que no depende de dogmas ni de estructuras, sino de la experiencia íntima de estar vivo.
No necesito una deidad externa para reconocer el asombro, la moral o el propósito. Esos misterios viven, silenciosos, en lo más profundo de lo humano. En ese pequeño y casi sagrado espacio entre mi alma y el cielo, hay cosas que guardo entre Dios y yo. No porque sean secretos, sino porque no todo necesita ser dicho.
Algunos sentimientos pierden su sentido cuando se exponen demasiado.
Algunos pensamientos son demasiado frágiles para las multitudes.
Algunas plegarias encuentran su forma más pura cuando apenas se susurran, sin que nadie intente interpretarlas.
Algunas cosas crecen mejor en silencio.
Algunas cosas crecen mejor en silencio.
Solo soy un ser humano escribiendo su propio camino. Lentamente. Paso a paso. Aprendiendo la forma del mundo… y la forma de mí dentro de él.
A veces, escribir es la única manera en que logro entender lo que siento.
A veces, las palabras son el único lugar donde todo en mí puede descansar. Y, aun así, hay cosas que nunca digo en voz alta. Porque, de alguna manera, Dios ya las sabe.
A veces me visita un pensamiento extraño. Me pregunto si alguien me busca en los lugares donde solía estar. En las habitaciones donde mi presencia habitaba en silencio. En los rincones que guardaban mi risa, mi voz, mis pequeñas rutinas. ¿Se detienen alguna vez a sentir que algo ha cambiado? ¿O los lugares aprenden rápidamente a vivir sin nosotros?
La ausencia es silenciosa… pero a veces resuena.
Ahora, en muchos de esos espacios, ya no dejo mi presencia. Solo una ausencia suave. Una silla vacía. Un silencio donde antes había una voz. Un pequeño vacío en conversaciones que antes me nombraban.
Y me pregunto: ¿cómo se siente la ausencia para los demás? ¿Es apenas un cambio en el aire? ¿O se disuelve con tanta facilidad que el mundo sigue sin notarlo?
Quizás los lugares no recuerdan. Tal vez solo los corazones lo hacen. Y, aun así, hay algo profundamente humano en comprender que la vida continúa. Las conversaciones siguen. La risa encuentra nuevos rincones. El mundo se reorganiza… sin pedirnos que nos quedemos.
Al principio, ese pensamiento pesa. Pero con el tiempo, también libera. Porque si el mundo puede avanzar sin aferrarse a nosotros, quizás nosotros también podamos avanzar sin explicarlo todo, sin justificar cada silencio.
No todas las historias necesitan testigos. Por eso guardo algunas cosas entre Dios y yo.
Las preguntas que llegan en la noche.
Las plegarias que no sé cómo decir.
Las decepciones que no muestro.
Las pequeñas esperanzas que aún protejo del ruido.
Dios sabe dónde he estado. Las puertas que abrí con ilusión. Las que cerré en silencio. Los momentos en que fui fuerte… y aquellos en que casi me quiebro. Y tal vez, eso sea suficiente. Porque al final, solo soy un ser humano caminando a su manera, escribiendo para entender, aprendiendo —poco a poco— lo que significa llegar… y también lo que significa partir.
Algunas partes las verá el mundo. Pero las más frágiles, las más sinceras, las que aún están aprendiendo a ser… esas las dejo donde pertenecen. Entre Dios y yo.
Hay verdades que no necesitan eco. Solo un lugar donde reposar sin ser alteradas. Y quizás, en esa intimidad silenciosa, también habita una forma de paz.
Saludos y gracias por leer.
Patricio Varsariah.
