El equilibrio comienza cuando damos espacio tanto a lo que duele como a lo que sana.

Hay momentos en que algo dentro de nosotros se siente inestable, y la mayoría conocemos bien esta sensación. Puede manifestarse como una sobreposición incesante, una tristeza que persiste más de lo esperado o un dolor en el corazón sin una explicación clara. A veces está ligado a un recuerdo difícil del pasado, algo sin resolver que resurge silenciosamente cuando menos lo esperamos.

Cuando nos encontramos en este estado, rara vez es solo el dolor en sí lo que nos agobia, sino lo que hacemos con él.

Casi instintivamente, comenzamos a intensificar el momento. Escuchamos música que refleja nuestras emociones, revivimos recuerdos que reabren heridas y revisitamos pensamientos que nos sumergen más profundamente en el mismo espacio emocional.

Sin darnos cuenta, añadimos capas a lo que ya duele. Es casi irónico lo natural que nos sentimos atraídos por cualquier cosa que nos retenga, como si nuestras mentes intentaran sumergirse por completo en esa sensación.

Y cuanto más nos adentramos, más tardamos en encontrar la salida.

Lo que a menudo se pierde en estos momentos es el concepto de equilibrio.

Imagina el equilibrio como una balanza con dos lados. Un lado contiene las partes dolorosas de la vida: las decepciones, las pérdidas, los arrepentimientos y las experiencias que nos han marcado. Estos momentos importan. Nos moldean y merecen reconocimiento.

Pero el otro lado de la balanza contiene algo igual de real: los momentos que trajeron calidez, alegría, significado y esperanza a nuestras vidas. Las experiencias que nos hicieron sonreír sin esfuerzo. Las personas que nos hicieron sentir comprendidos. Los momentos en que la vida se sintió más ligera, aunque solo fuera por un rato.

La vida no funciona de tal manera que un lado de la balanza permanezca permanentemente más pesado que el otro.

El dolor no está destinado a dominar toda la narrativa. Sin embargo, cuando nos encontramos en un estado emocional difícil, nuestro enfoque se reduce. Recordamos solo lo que confirma la tristeza, olvidando que existen recuerdos, experiencias y emociones que pueden contrarrestarla. No borran el dolor, pero nos recuerdan que no es la totalidad de quienes somos ni de lo que hemos vivido.

El equilibrio no nos pide que ignoremos nuestras dificultades ni que finjamos que todo está bien.

En cambio, nos invita a hacer una pausa y ampliar nuestra perspectiva. Nos pide recordar que, junto con los momentos que nos trajeron tristeza, también hubo momentos que nos trajeron sanación. Cuando nos permitimos abrazar ambas verdades a la vez, algo cambia. El peso comienza a redistribuirse. El valle emocional no desaparece, pero ya no se siente infinito.

Este principio también se extiende a la vida cotidiana.

Siempre que nos sentimos abrumados, a menudo hay algo que nos ancla cerca, un pequeño logro, una interacción significativa, un recordatorio de nuestra resiliencia. El equilibrio nos enseña a buscar estos puntos de apoyo, no como una vía de escape, sino como una forma de estabilizarnos. Nos muestra que cada momento difícil existe dentro de un panorama más amplio y complejo.

En el centro de todo esto está cómo elegimos tratarnos.

Cuando alguien a quien amamos está pasando por un momento difícil, no lo abandonamos a su dolor. Le ofrecemos consuelo. Intentamos aliviar su carga. Queremos verlo en paz, con el corazón más ligero. Sin embargo, cuando se trata de nosotros mismos, a menudo respondemos con dureza o negligencia. Esperamos fuerza sin descanso y sanación sin compasión.

¿Qué pasaría si nos cuidáramos así a nosotros mismos?

¿Qué pasaría si nos tratáramos con la paciencia y la comprensión que tan naturalmente brindamos a los demás? Mirar hacia dentro, aceptarnos como somos en ese momento y elegir la amabilidad en lugar de la autocrítica no es debilidad, es sabiduría. Aplicar equilibrio a nuestro mundo interior significa reconocer cuándo necesitamos consuelo tanto como corrección.

Creo que la vida es profundamente hermosa cuando elegimos verla a través de esta lente. Cuando estamos dispuestos a mirar hacia dentro con honestidad, aceptarnos plenamente y equilibrar lo que duele con lo que sana, creamos espacio para que el crecimiento y la paz coexistan. El equilibrio no elimina las dificultades, pero nos ayuda a superarlas con claridad y cuidado.

Vive plenamente. Vive con intención. Vive con equilibrio.

¡Gracias por leer!

Un abrazo respetuoso y sincero.

Patricio Varsariah.