Ten cuidado con lo que buscas: podrías encontrarlo. No siempre nos conformamos con no saber. Yo no soy diferente; no tolero la ignorancia. Para mí, no saber es como una picazón persistente que exige alivio inmediato. Durante mucho tiempo creí que comprenderlo todo era una virtud.

Hoy he aprendido que no siempre lo es.
Hay conocimientos que no liberan: pesan.
Hay verdades que no construyen: erosionan.
Hay descubrimientos que no iluminan: quiebran.

El precio del saber puede ser alto. A veces es la pérdida de la inocencia. Otras, la ruptura de vínculos que parecían firmes. Algunas verdades no reparan: separan.

Recuerdo haberle confiado a un amigo algo que deseaba averiguar. Tras escucharme, me dijo con serenidad:
—No es necesario… pero si decides buscarlo, adelante. Solo recuerda algo: tú fuiste quien fue a buscar.

Esa frase se quedó conmigo. Porque es cierta. Hay piedras que es mejor no mover. Cuando las levantas, aquello que encuentres debajo ya no puede ser ignorado. Y desde ese momento, te pertenece. Para bien o para mal.

A veces, al hacer preguntas, no solo obtenemos respuestas: obtenemos cargas. Descubrimos sombras donde antes veíamos claridad. Confirmamos sospechas que habría sido mejor no alimentar. Algunas verdades no solo incomodan: se instalan en la mente y ya no se van.

Cuando conocemos aspectos del pasado de alguien que contradicen su presente, nos cuesta volver a mirar igual. Idealizamos a las personas. Las creemos por encima de ciertos errores. Pero la vida enseña con crudeza: todos somos humanos. Todos estamos hechos de fragilidad. Nadie está exento de caer donde otros han caído antes.

Muchos de los errores por los que nos juzgamos han sido cometidos incluso por aquellos a quienes admiramos. La perfección moral es una ilusión. Se requiere algo casi sobrenatural para mantenerse intacto ante las tentaciones humanas. Las trampas son sutiles. Y la caída, fácil.

Por eso no me entrometo. No suelo hacer preguntas personales. Y salvo que exista una cercanía profunda, prefiero no conocer secretos ajenos. La amistad no necesita confesiones ocultas para sostenerse. Confío en mi capacidad para guardar confidencias, pero sé que, si alguna vez fallo, mis buenas intenciones no repararían la traición.

Aun así, sería deshonesto afirmar que jamás buscaré respuestas incómodas. Hay verdades que siento necesarias, aunque duelan. Y si decido buscarlas, asumiré el peso que traigan consigo. Ya le dije una vez a ese amigo:
—Aunque me duela… prefiero saber.

Este escrito no busca alejarte de la verdad, sino prepararte para su costo. Porque saber duele. Porque comprender transforma. Porque despertar nunca es cómodo.

Si sabes que no podrás sostener la respuesta, quizás sea mejor no formular la pregunta. Por eso quienes buscan la verdad rara vez viven en calma: cargan con lo que otros prefieren ignorar.

Si estas palabras resonaron en ti, compártelas. Tal vez ayuden a otros a reflexionar, a cultivar empatía, a despertar conciencia y pensamiento crítico.

Gracias por leer.

Patricio Varsariah