El límite del autocuidado.
Publicado por Patricio Varsariah el miércoles, marzo 11, 2026

En los últimos años el autocuidado se ha convertido en una especie de consigna universal. Se nos repite que para vivir mejor debemos adoptar hábitos saludables: caminar más, escribir un diario, meditar, dormir bien, desconectarnos del teléfono.
Nada de esto es inútil. Al contrario, puede ayudar.
Pero hay un punto en el que la promesa del autocuidado comienza a simplificar demasiado algo mucho más complejo: la experiencia humana de la incertidumbre, el dolor y la ansiedad.
La ansiedad nació en el mismo momento que la humanidad. Y como nunca podremos dominarla por completo, tendremos que aprender a convivir con ella, del mismo modo en que aprendimos a convivir con las tormentas.
La ansiedad, en sí misma, no es el problema.
El problema es que muchas veces vivimos inseguros, desconectados, enfermos o agotados, sintiendo que no tenemos voz ni voto en lo que sucede a nuestro alrededor.
Sin embargo, todavía persiste la idea de que la salud mental puede resolverse simplemente con mejores hábitos.
Las columnas de consejos repiten las mismas recomendaciones: caminar, escribir un diario, mejorar la rutina diaria. Las redes sociales recuerdan hidratarse, dormir más temprano y reducir el tiempo frente al teléfono.
Los sentimientos difíciles suelen presentarse como señales de que algo en nuestra rutina necesita corregirse. Así, la solución parece reducirse a un conjunto de prácticas personales que cualquiera podría aplicar.
En muchos casos, la búsqueda obsesiva de superación personal es también un intento de controlar el mundo, especialmente cuando la vida temprana estuvo marcada por la imprevisibilidad o la inestabilidad. Se aprende entonces a ordenar las emociones como si fueran datos en una hoja de cálculo. Y durante un tiempo puede parecer que todo está bajo control.
Pero en cuanto entran en juego otras personas —y mucho más cuando dependemos de ellas— esa sensación de control comienza a desvanecerse. La vida introduce inevitablemente el desorden que intentábamos evitar.
Mientras tanto, la lista de hábitos recomendados no deja de crecer. El diario matutino se combina con la meditación. El ejercicio se suma a las listas de gratitud, a las desintoxicaciones digitales y a las reflexiones nocturnas. Cada nueva práctica promete una pequeña mejora en la salud mental. Y cuando alguien logra sostener muchas de ellas al mismo tiempo, surge la expectativa de que la ansiedad debería disminuir con el tiempo.
Pero fuera de esas rutinas, la vida continúa sucediendo.
Un padre o una madre sigue esperando en un pasillo de hospital los resultados de un examen. Alguien que ha perdido a un amigo todavía despierta cada mañana con esa misma ausencia.
Quien vive preocupado por el dinero continúa mirando su saldo antes de decidir si puede comprar comida.
Durante mucho tiempo, la orientación en salud mental se ha centrado en estrategias de afrontamiento que las personas pueden aplicar por sí mismas. Estas herramientas pueden ayudar a atravesar períodos difíciles. Pero cuando las rutinas personales se convierten en la respuesta principal a problemas que nacen de enfermedades, pérdidas, inestabilidad laboral o presiones económicas, las limitaciones de ese enfoque empiezan a hacerse evidentes.
Millones de personas terminan creyendo que la solución a su estrés depende exclusivamente de su disciplina personal, incluso cuando las causas de ese estrés están fuera de su control.
Por eso, cuando algunos lectores me escriben hablando de ansiedad y agotamiento, no encuentro rechazo hacia el autocuidado. Lo que encuentro es algo más honesto. Cada vez más personas reconocen que una caminata, un diario o una nueva rutina matutina no pueden resolver todos los problemas que trae la vida. Y tienen razón.
Porque el bienestar no nace únicamente de administrar mejor nuestros hábitos. También nace de reconocer que hay dolores que no se corrigen, pérdidas que no se ordenan y tormentas que simplemente debemos atravesar.
El verdadero cuidado comienza cuando dejamos de exigirnos soluciones perfectas para una vida que nunca ha prometido serlo.
La paz no siempre nace del control, sino de la comprensión.
Patricio Varsariah.
Nada definitivo: solo reflexiones de alguien que sigue aprendiendo a vivir.
