A veces no es el mundo quien nos hiere, sino las pequeñas renuncias que hacemos para encajar, agradar o evitar conflictos. Sin darnos cuenta, vamos cediendo espacio interior hasta que ya no sabemos en qué momento dejamos de elegirnos. Este escrito es una invitación a reconocer esas formas silenciosas de auto abandono… y a empezar, poco a poco, el camino de regreso a uno mismo.

El auto abandono no suele presentarse como un gran sacrificio. Casi nunca hace ruido. A veces es un gesto tan pequeño que pasa desapercibido… hasta que el daño ya está hecho.

Muchas personas —personas como yo— ni siquiera reconocemos el patrón. Creemos que nos amamos a nosotros mismos, que simplemente somos “buenos” y nos preocupamos por los demás. Pero, en ese acto constante de entrega, nos vamos decepcionando en silencio, llamándolo bondad.

Te abandonas cuando permites que te degraden delante de otros porque te da más miedo incomodar que perderte a ti mismo. Cuando toleras bromas sobre tus inseguridades para no parecer conflictivo. Esa persona “divertida” que se ríe de ti no daña tu estatus social: erosiona algo más profundo, tu autoimagen.

Entiendo profundamente la culpa que aparece cuando decides dar un paso por ti. Es una sensación que conozco bien. El primer paso siempre duele, pero cuanto más lo practicas —cuando es necesario— menos doloroso se vuelve. Defenderte no es solo hablar, también es actuar. Y actuar empieza, casi siempre, de forma pequeña.

Si no quieres hacer algo que te están imponiendo, practica decir que no. Cuando alguien te utiliza, el enojo suele ser su respuesta. Y ese enojo, aunque incómodo, también es una señal: te muestra con claridad a quién debes empezar a poner límites, o incluso a quién debes alejar.

Nos mentimos con frases como “no es para tanto”. Pero tú y yo sabemos perfectamente cuándo estamos ayudando y cuándo estamos siendo usados. 

El auto abandono ocurre cuando eliges la comodidad de otros por encima de la tuya. Aunque se sienta como culpa, hay decisiones que deben tomarse. No puedes ofrecer lo que no tienes, y la comodidad interior es una de ellas.

Te abandonas cuando cambias autenticidad por aceptación. Encajar puede convertirse en el mayor sacrificio: no solo intentas pertenecer, renuncias a tu voz. Finges ser alguien que no eres. Eso ya no es solo abandono, es traición a uno mismo.

También ocurre cuando reduces tu opinión. Una de las formas más silenciosas en que me he mentido ha sido callar por miedo a ser diferente. Renunciar a lo que piensas no suele verse como autolesión, pero lo es. Es una manera de consolar a los demás mientras te niegas a ti, movido por el miedo al rechazo.

A la gente no le importa tanto la opinión como la coherencia que hay detrás de ella. Si lo que dices tiene sentido, no hay razón para esconderlo. Y si hoy no tienes la confianza suficiente, recuerda esto: puedes hacerte lo bastante fuerte para hablar incluso con miedo.

Te abandonas cuando te conviertes en quien otros prefieren que seas. Pero eres más de lo que creen, y más de lo que a veces tú mismo te permites ser. El amor propio también es saber dar un paso atrás cuando te descubres siendo menos de lo que eres y más de lo que otros necesitan de ti.

Escribir todo esto es más fácil que vivirlo. Cada palabra refleja una lucha personal. Amarse y priorizarse no es un acto de un solo día. No despiertas una mañana sabiendo poner límites, decir no y elegirte sin temblar. Es un proceso lento, imperfecto y progresivo. Mejoras en una cosa, luego en otra, y sigues creciendo… hasta que un día te das cuenta de que ya no te abandonas con tanta facilidad.

Tal vez el mayor acto de amor propio no sea un gesto grandioso, sino el momento en que eliges quedarte contigo. Incluso cuando tiembla la voz. Incluso cuando incomoda. Incluso cuando nadie aplaude.

Ahí empieza el verdadero regreso a casa.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico. 

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.