Quisiera poder decirte que vivirás esta vida sin ofender a nadie. Que todos estarán de acuerdo contigo. Que tus intenciones siempre serán comprendidas. Pero no sería verdad.

El mundo no ve lo que sientes. Y aun cuando lo vea, pocos coincidirán contigo en que tus motivos son los correctos. Entre quienes discrepan, no todos se tomarán el tiempo de expresar su desacuerdo con respeto. Algunos criticarán. Otros atacarán abiertamente.

Ofender a los demás es sorprendentemente fácil. Basta con pensar por ti mismo.
Decir lo que crees, aunque contradiga las ideas populares. Vivir tu verdad y atreverte a explicarla. Tarde o temprano, alguien vendrá por ti.

A veces será con gestos pequeños. Otras veces será más agresivo: ataques a tu reputación, rumores, distorsiones, juicios malintencionados. Son experiencias inevitables… a menos que decidas no hablar, no pensar, no compartir, no crear, no amar, no respirar. Y aun así, alguien encontrará un motivo para incomodarse. Creemos entender esto… hasta que nos ocurre. Hasta que un día nuestros mensajes son malinterpretados, nuestras ideas tergiversadas y nuestras palabras ridiculizadas. 

Cuando eso sucede, el ego se resquebraja. Y aunque duela, es necesario. Porque un ego debilitado puede ser una bendición.

Con el tiempo comprendes que no tienes nada que demostrar, ninguna imagen que proteger, ningún personaje que sostener. Y solo entonces eres verdaderamente libre: libre para expresar tus ideas, defenderlas, equivocarte, crecer… sin depender de la aprobación ajena.

La mayoría no llega a ese punto. El ego les susurra que deben ser perfectos, incuestionables, admirados. Y por miedo a perder esa ilusión, prefieren callar, esconderse detrás de viejas etiquetas, títulos o logros pasados.

Pero hay algo que nunca deberías intentar: no ofender a nadie.

Ese es un juego interminable y absurdo. Terminarás dudando en cada conversación, reprimiéndote, perdiendo firmeza. Y lo peor: algunos aprovecharán esa inseguridad, porque siempre hay quienes buscan a alguien a quien no tomar en serio; a alguien a quien pisotear.

No te preocupes por no ofender: eso es imposible. Preocúpate, más bien, por algo mucho más importante: si lo que piensas, lo que sostienes y lo que defiendes… es verdadero para ti.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico. 

¡Gracias por leer!

Un abrazo respetuoso y sincero.

Patricio Varsariah.