Vivimos rodeados de miradas, opiniones y juicios que no hemos pedido. Este escrito es una invitación a soltar la necesidad de ser comprendidos por todos y a elegir, con valentía, una vida honesta, incluso cuando el ruido externo nunca se apaga.

Aprender a vivir honestamente en un mundo que siempre tendrá una opinión es un acto de valentía silenciosa. Déjalos hablar. La gente siempre tendrá algo que decir sobre ti, sin importar cuán cuidadosa sea tu vida o cuán discreta tu forma de actuar.

Podrías andar de puntillas por la existencia, sin herir a nadie, pidiendo poco, y aun así encontrarte cuestionado, evaluado e incomprendido.

Algunas voces se hacen más fuertes cuando tienes éxito. Otras se convierten en susurros cuando fracasas. Y la mayoría opinará sobre tus decisiones sin siquiera haber estado nunca en el lugar donde tú estuviste.

A veces sientes que cada paso que das está siendo observado. Juzgado por personas que no conocen tu historia ni el peso que llevas. Solo entienden lo que quieren entender.

Cuando haces lo tuyo y te mantienes firme, te llaman difícil.
Cuando persigues tus sueños, dicen que eres poco realista.
Y cuando eliges la paz en lugar del caos, te acusan de rendirte demasiado pronto.

Es agotador descubrir que ninguna versión de ti será suficiente para todos. Hay días en que sus palabras resuenan más de lo que deberían. Las repites mentalmente y te preguntas, en silencio, si quizá tengan razón. Empiezas a dudar de tu voz, de tus decisiones, de tu valor. Y olvidas algo esencial: quienes más hablan suelen ser quienes menos saben lo que se necesita para ser tú. Ven la superficie y la confunden con la verdad.

Con el tiempo, una de las lecciones más duras se vuelve evidente: no puedes explicarte a todo el mundo. Ninguna honestidad evitará que te malinterpreten si ya han decidido quién eres en su mente.

Aprender a soltar la necesidad de ser comprendida/o duele, pero también libera. No todos merecen acceso a tu verdad. Muchas opiniones están moldeadas por miedos ajenos, frustraciones no resueltas y batallas internas que no te pertenecen. 

Lo que dicen de ti suele decir más de ellos que de ti. No todos los comentarios merecen tu energía. No todos los juicios merecen tu respuesta.

Vivir con esta consciencia no es fácil. Dejar de absorber cada voz externa lleva tiempo. Se necesita coraje para elegir qué palabras importan y cuáles no. Pero poco a poco comprendes que tu vida no está hecha para ser aplaudida. No estás aquí para adaptarte constantemente a una multitud que nunca estará satisfecha.

Siempre me ha sorprendido la audacia con la que algunos juzgan caminos que jamás se atrevieron a recorrer. Cuestionan la vida de otros sin detenerse a observar la propia.

Lo he vivido una y otra vez. Antes dolía. Hoy, está bien. Sé que puede que nunca aprecien mi trabajo ni mis escritos, y lo acepto. No todos están destinados a leer. No todos están destinados a reflexionar.

He aprendido a dejar de explicarme ante quienes ya decidieron no escuchar. Los dejo ir en silencio. Los dejo donde están y sigo adelante con mi corazón, mis palabras, mis escritos y mi verdad intactos.

Al final, la decisión es tuya. Puedes pasar la vida intentando encajar en expectativas que cambian constantemente, o puedes vivir con honestidad y dejar pasar el ruido.

La gente siempre tendrá algo que decir. Pero eres tú quien vive con tus decisiones, no con los ecos de los demás. Elige la voz que más importa. Elige la vida que se sienta verdadera. Elige la paz, aunque a veces se parezca al silencio.

Déjalos hablar. Nunca estuviste destinado a pertenecer a todas las opiniones.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico. 

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.