Dios, la Naturaleza y el Regreso a lo Esencial.
Publicado por Patricio Varsariah el viernes, febrero 20, 2026

No suelo escribir sobre Dios ni sobre religión. Siempre he creído que la fe es un territorio íntimo, un diálogo silencioso entre el alma y su misterio. Sin embargo, un lector me preguntó qué pienso cuando escucho la palabra “Dios”. No respondo para convencer. Solo para acompañar y si estas líneas ayudan a una sola persona a escucharse mejor o a cuidar un poco más el mundo que pisa, entonces habrán cumplido su propósito.
Hay escritos que no gritan, pero se quedan. Este es uno de ellos.
Nos inclinamos ante ídolos, elevamos oraciones en templos y pronunciamos nombres sagrados. Y, sin embargo, muchas veces descuidamos aquello que nos sostiene y nos rodea: la naturaleza.
¿Y si “Dios” no fuera solo un nombre o una figura? ¿Y si fuera una presencia viva compuesta por cinco elementos eternos: ¿Tierra, Aire, Agua, Fuego y Cielo? No como metáfora religiosa, sino como realidad esencial.
Estos cinco elementos no solo forman el mundo. Forman nuestro cuerpo.
Tus huesos nacen de la tierra.
Tu respiración es aire.
Tu energía y temperatura provienen del fuego interior.
Tu sangre es agua en movimiento.
Tu pensamiento, tu silencio, tu conciencia… habitan el espacio, el cielo interior.
No estamos separados de la naturaleza. Somos naturaleza. Cuando dañamos la tierra, dañamos nuestro cuerpo. Cuando contaminamos el agua, nos contaminamos a nosotros mismos. Cuando ensuciamos el aire, asfixiamos nuestro propio futuro.
Si algo puede llamarse eterno, es aquello que existía antes de nosotros, que nos sostiene ahora y que seguirá cuando ya no estemos.
La naturaleza cumple esa condición. Sus elementos estaban antes de la humanidad, sostienen cada forma de vida y continuarán su ciclo cuando nosotros hayamos partido.
Quizás lo divino no esté lejos. Quizás no se limite a templos, libros o rituales. Quizás esté en cada hoja, cada gota, cada rayo de sol. El universo entero puede ser el templo. Y los cinco elementos, sus manifestaciones más visibles.
No se trata de imaginar a Dios. Se trata de experimentarlo. Cuando sentimos el calor del sol, cuando escuchamos la lluvia caer, cuando respiramos aire fresco al amanecer, algo dentro se aquieta. No es casualidad. Es armonía.
Sin embargo, vivimos una paradoja moderna:
celebramos lo sagrado mientras ignoramos el smog que respiramos;
ayunamos por bendiciones, pero agotamos la tierra con químicos;
veneramos símbolos, pero olvidamos raíces.
No es maldad. Es desconexión.
Quizás en esta era la espiritualidad más urgente no sea repetir palabras, sino despertar conciencia. Cuidar el suelo que pisamos. Proteger el agua que bebemos. Respirar con respeto. Consumir con responsabilidad.
Tal vez la verdadera adoración no consista en rezar más, sino en destruir menos. Sentarse junto a un río, caminar por un bosque o contemplar un amanecer nos devuelve algo esencial. Allí, sin discursos, nuestro cuerpo reconoce lo que es. Y en ese instante comprendemos que no estamos frente a lo divino. Estamos dentro de él.
Regresar a la naturaleza es regresar a nosotros mismos. Si deseas honrar lo sagrado —sea cual sea el nombre que le des— empieza por proteger la tierra, el aire, el agua, el fuego y el espacio que nos sostiene.
No impongo una creencia. Sugiero una conciencia. Y quizás, en ese simple gesto de respeto, comience la forma más auténtica de espiritualidad.
Con respeto por todas las creencias, y con amor por la vida que compartimos,
Patricio Varsariah.
