No sé cuál es nuestro problema como seres humanos: tratamos a las personas como si fueran a estar para siempre, o como si no pudieran vivir sin nosotros. Solo empezamos a luchar por lo que tenemos cuando ya es demasiado tarde. Solo damos valor cuando ese valor ya no sirve, cuando la otra persona ya no lo necesita.

Y siempre me he preguntado por qué ocurre esto.

Hace tiempo escribí que, si alguien te importa, debes demostrarlo. Hoy lo creo con más fuerza que nunca. Si alguien es importante para ti, no importan los horarios, no importan las excusas, no importan las circunstancias: demuéstralo.

Sí, estás ocupado, es cierto. Pero estar ocupado no justifica la indiferencia. Tener una razón comprensible no elimina la responsabilidad emocional que tenemos con quienes decimos amar. A veces, los detalles más pequeños son los que más claramente comunican cuánto valoramos a alguien.

Lo que muchos no ven es que, por cada persona que damos por sentada, hay alguien allá afuera deseando —y hasta rezando— tener su atención, su tiempo, su presencia. 

No somos los únicos capaces de reconocer un alma hermosa. Otros también la ven. Y cuando alguien llega y ofrece la consideración que nosotros negamos, la pérdida se vuelve inevitable. Un día despiertas y ya no hay mensajes, ni llamadas, ni interés.

Nunca lo he entendido del todo: cómo alguien puede decirnos lo que le duele, lo que necesita, lo que espera… y nosotros respondemos con excusas, con promesas vacías, con cambios que solo duran los días en que nos sentimos bien. Mientras tanto, esa atención que debería quedarse donde hay amor verdadero, termina depositada en manos que no la merecen, pero que saben recibirla sin reservas.

Lo confieso: yo también lo he hecho. Muchas veces. Estúpidamente.
Uno puede alejarse de quien te ama de verdad y acercarse a quienes solo aman la atención que reciben. Personas adictas a ser vistas, a ser alimentadas emocionalmente, aunque no sepan corresponder. 

Y entonces pasa algo doloroso pero revelador: cuando te separas, descubres que nunca estuvieron contigo por ti… solo estaban por lo que les ofrecías. Olvidamos que nada sólido se construye con prisa, ni sobre emociones superficiales.

Así también tratamos a nuestras familias. A nuestros padres. No llamamos, no visitamos, no preguntamos, porque damos por hecho que siempre estarán ahí. Hasta que un día la vida nos despierta con una noticia dura: la salud se quiebra, el tiempo se acorta, la fragilidad se vuelve evidente. Y entonces queremos recuperar lo perdido… pero el tiempo perdido es exactamente eso: perdido.

Hoy estoy aprendiendo a distinguir la conexión genuina del camuflaje emocional.
Si hoy te intereso, está bien. Pero el verdadero valor se verá dentro de uno, dos, tres años. La constancia es la única prueba sincera.

Cuando llegue el día en que esas personas que antes te pedían atención, comunicación, presencia… ya no reclamen nada, no te quejes. No intentes demostrarles que ahora sí has cambiado. Es tarde. Acepta la pérdida y sigue adelante.

Revisa tu vida con honestidad. Si hay alguien genuino que merece más de lo que le das, entonces da más… o ten la dignidad de dejarlo ir. No intentes reavivar vínculos a los que no estás dispuesto a comprometerte, porque solo perpetuarás un ciclo doloroso e injusto.

Primero duele. Después se aprende. Y solo mucho después… se comprende.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. Quizá llegue a quien todavía está a tiempo.

Gracias por leer.

Patricio Varsariah