Existen personas que, sin darse plena cuenta, convierten el dolor en identidad y la queja en refugio. No buscan tanto una solución como una mirada compasiva que confirme su herida. En ese intento por ser comprendidas, terminan justificando su inmovilidad a través del sufrimiento.

La victimización suele nacer de una autoestima debilitada. Cuando alguien deja de reconocerse capaz, valioso y digno, puede encontrar en el rol de víctima una forma inconsciente de protección: si soy frágil, no se espera nada de mí; si sufro, merezco atención; si fracaso, siempre habrá una explicación externa.

Pero vivir desde ahí tiene un costo profundo: se pierde la responsabilidad personal, se debilita la libertad interior y se posterga el crecimiento. La compasión auténtica no alimenta la dependencia, sino que impulsa a levantarse, a mirarse con honestidad y a recuperar la propia dignidad.

Acompañar con amor no significa reforzar el papel de víctima, sino recordar al otro —y a nosotros mismos— que siempre existe un espacio de poder interior desde el cual elegir, transformar y avanzar. Porque sanar no es negar el dolor, sino dejar de habitarlo como hogar permanente.

Si este mensaje resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico. 

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.