Los conflictos entre vecinos son comunes, pero no inevitables. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando ya se ha intentado todo? Cuando el diálogo fue sincero, la empatía estuvo presente, el respeto fue ofrecido… y aun así nada cambió. Este escrito nace de 

Durante mucho tiempo creemos que todo puede resolverse hablando. Y en la mayoría de los casos, es cierto. El diálogo abre puertas, suaviza tensiones y devuelve humanidad a los desacuerdos.

Pero no siempre. Hay situaciones en las que la conversación se repite sin resultado. Se explica, se escucha, se intenta comprender… y del otro lado no hay disposición. No hay reconocimiento. No hay voluntad. Y entonces surge la pregunta inevitable: mSi ya hice todo lo correcto, ¿qué más queda?
¿La indiferencia?
¿La tolerancia infinita?
¿Cancelar toda comunicación?

Primero, es importante entender algo: no todo conflicto se resuelve desde el corazón del otro. A veces solo puede resolverse desde el nuestro.

La indiferencia, cuando nace del orgullo o del resentimiento, es una forma de guerra silenciosa. No sana, solo enfría. Pero cuando lo que llamamos “indiferencia” es en realidad dejar de reaccionar, dejar de engancharse, dejar de permitir que el otro altere nuestra paz… entonces no es indiferencia. Es autocuidado.

Reducir la comunicación a lo estrictamente necesario no siempre es huida. A veces es límite. Y los límites no son agresión: son claridad. Tolerar no significa permitir faltas constantes de respeto. Ser empático no implica convertirse en rehén emocional del comportamiento ajeno.

Cuando el diálogo se agota, puede comenzar algo más profundo: la serenidad firme. Esa serenidad que no busca cambiar al otro.
Que no insiste donde no hay apertura.
Que no entra en provocaciones.
Pero que tampoco renuncia a su dignidad.

No podemos controlar cómo vive el vecino. Pero sí podemos decidir cuánto espacio le damos dentro de nosotros. Tal vez la solución no sea cerrar el corazón. Tal vez sea cerrarle la puerta al desgaste.

Porque convivir no siempre es coincidir. Y la paz no siempre se logra afuera. A veces comienza cuando dejamos de luchar donde ya no hay terreno fértil.

Hoy comprendo que no todo se resuelve convenciendo. Hay batallas que no se ganan insistiendo, sino soltando.

He aprendido que poner límites también es una forma de respeto, y que la verdadera armonía no depende del silencio del vecino, sino de la serenidad interior que decido cultivar.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico.

Con gratitud,

Patricio Varsariah.