Cuando dar deja de ser bondad.
Publicado por Patricio Varsariah el sábado, febrero 14, 2026

Durante mucho tiempo confundí la bondad con el sacrificio constante. Decir siempre que sí, estar disponibles para todos, cargar con lo que no nos corresponde. Este escrito nace de una toma de conciencia incómoda pero liberadora: no todo dar es generosidad, y no todo agotamiento es virtud.
Asumía que ser buena persona significaba decir siempre que sí.
Sí a ayudar.
Sí a escuchar.
Sí a quedarme hasta tarde.
Sí a cargar con un peso emocional que no era mío.
Llevaba mi generosidad como una insignia de honor. En silencio. Con orgullo. Agotado. Y un día, me di cuenta de algo incómodo, pero revelador: no era amable, estaba agotado.
Hay una diferencia. Cuando dar se convierte en autodestrucción, aún se siente noble. Se elogia, se recompensa, se aplaude sutilmente. La gente te aprecia más cuando das. Confían en ti. Regresan. Pero nadie te advierte del costo oculto.
Nadie te dice que la generosidad sin límites se transforma lentamente en resentimiento. Que esa amabilidad constante termina volviéndose contra uno mismo. Que el agotamiento no siempre proviene del exceso de trabajo; muchas veces proviene de dar demasiado.
Lo aprendí a las malas.
Di tiempo que no tenía.
Energía que no había recuperado.
Trabajo emocional que nunca ofrecí conscientemente. Y me repetía: “Así soy yo”. Pero no era cierto. Así era como había aprendido a ser.
Existe un mito silencioso: que dar debe doler para que cuente. Que el sacrificio es sinónimo de virtud. Que, si no cuesta, no vale. Y así damos hasta quedarnos vacíos.
Luego damos un poco más. Nos sentimos culpables al descansar. Avergonzados de necesitar espacio. Incómodos al recibir. Y, sin darnos cuenta, confundimos el agotamiento con la bondad.
Esto fue lo que lo cambió todo para mí. Las personas agotadas no dan mejor. Dan con amargura. Con tensión. Con expectativas. Con un registro silencioso de lo perdido. Y eso no es generosidad. Es autodestrucción lenta.
El verdadero punto de inflexión no fue aprender a decir que no. Fue aprender por qué decía que sí.
A veces daba porque me importaba.
A veces porque quería que me necesitaran.
A veces por miedo a decepcionar.
A veces porque el silencio me parecía cruel.
Cuando vi esto, ya no pude dejar de verlo. No todo dar nace de la abundancia. A veces nace de la inseguridad. Y ese tipo de dar siempre te agota.
La regla por la que vivo ahora —la que me salvó— es simple y honesta: si dar me cuesta la paz, no es generosidad, es auto traición. Eso no significa que dar sea siempre cómodo. Significa que no debería vaciarte. Hay una diferencia entre el esfuerzo y el desgaste. El esfuerzo fortalece. El desgaste te erosiona lenta e invisiblemente.
Dejé de preguntarme: “¿Esto es lo correcto?” Y empecé a preguntarme: “¿Puedo hacer esto sin resentirme después?” Esa pregunta revela la verdad más rápido que cualquier moral aprendida.
Si este escrito resonó contigo, tal vez no sea casualidad. Compartirlo puede ayudar a otros a detenerse, a mirarse con más honestidad y a replantearse desde dónde están dando.
Gracias por leer, por sentir, y por atreverte a cuidar también de ti.
Patricio Varsariah.
