A veces, sin darnos cuenta, hacemos más pesada nuestra vida al cargar con los remordimientos de ayer, las preocupaciones de mañana y las expectativas que nunca nos correspondió cumplir. Nos aferramos a lo que ya sucedió, nos inquieta lo que todavía no ha llegado y, mientras tanto, dejamos escapar la única realidad que verdaderamente nos pertenece: el presente.

Aprender a soltar no significa dejar de preocuparnos por aquello que importa, ni fingir que nada nos duele. Significa aprender a distinguir entre lo que podemos cambiar y aquello que debemos aceptar. Es hacer espacio en nuestro interior para recuperar la paz, encontrar claridad y continuar caminando con el corazón un poco más ligero.

No mires atrás con ira. El resentimiento puede convertirse en una carga que termina agotando el alma.

La mente tiene una manera particular de mantenernos atados a lo que hemos vivido. A veces, los recuerdos regresan sin que los busquemos; otras veces, somos nosotros quienes volvemos una y otra vez sobre una herida, una conversación o una decisión que nos hubiera gustado tomar de otra manera.

Recordar no es malo. Reflexionar sobre nuestros errores puede ayudarnos a comprender, aprender y crecer. El problema aparece cuando dejamos de aprender del pasado y comenzamos a vivir prisioneros de él.

Darle vueltas constantemente a nuestras preocupaciones, revivir el sufrimiento o imaginar una y otra vez lo que pudo haber sido no siempre nos acerca a una solución. En ocasiones, simplemente nos hace recorrer el mismo camino doloroso, sin encontrar una salida.

Quizá la verdadera sabiduría consista en aprender a reconocer cuándo un pensamiento nos ayuda a comprender nuestra experiencia y cuándo, por el contrario, nos impide avanzar.

No podemos cambiar lo que ocurrió, pero sí podemos cambiar la manera en que elegimos llevarlo con nosotros.

También existe otra forma de perder la tranquilidad: vivir demasiado pendientes del mañana. Nos preocupamos por lo que podría suceder, anticipamos dificultades que quizá nunca lleguen y construimos expectativas sobre un futuro que todavía no conocemos.

Y así, entre los recuerdos de ayer y las incertidumbres de mañana, corremos el riesgo de olvidar que la vida está sucediendo ahora. Por eso, aprender a soltar es también aprender a perdonarnos. Es aceptar que no siempre supimos actuar de la mejor manera, que algunas decisiones fueron equivocadas y que hubo circunstancias que escaparon de nuestras manos.

Perdonar no significa justificar el daño recibido ni olvidar lo sucedido. Significa dejar de permitir que aquello que nos hirió continúe gobernando nuestra vida.

A veces, perdonar a los demás es un proceso largo. Otras veces, lo más difícil es perdonarnos a nosotros mismos por aquello que hicimos, por lo que no supimos hacer o por las oportunidades que dejamos pasar.

Pero no podemos cambiar el ayer castigándonos hoy. Podemos reconocer nuestros errores, aprender de ellos y procurar que la experiencia nos ayude a caminar de otra manera.

Personalmente, creo que el camino de la vida se vuelve más ligero cuando dejamos de cargar con preocupaciones, expectativas y remordimientos innecesarios. No porque desaparezcan todas nuestras dificultades, sino porque comenzamos a comprender que no todo merece ocupar permanentemente un lugar en nuestros pensamientos.

Con los años, uno va descubriendo que la tranquilidad no consiste en tener todas las respuestas, ni en conseguir que cada cosa suceda como la habíamos imaginado. A veces, la tranquilidad nace sencillamente de aceptar que hicimos lo que pudimos con los conocimientos, las fuerzas y las circunstancias que teníamos en aquel momento.

Tal vez por eso sea tan importante aprender a distinguir entre aquello que merece nuestra atención y aquello que solamente consume nuestra energía.

Mientras caminamos por esta ruta llamada vida, no necesitamos renunciar a nuestros recuerdos ni dejar de soñar con el futuro. Ambos forman parte de nuestra historia y de nuestras esperanzas. Lo que necesitamos es evitar que el pasado nos impida vivir y que el futuro nos robe la serenidad del presente.

No miremos atrás con resentimiento, pero tampoco con la nostalgia de quien cree que lo mejor de su vida quedó definitivamente allí. Cada etapa tiene sus luces y sus sombras, sus encuentros y sus despedidas, sus aprendizajes y sus oportunidades.

Y mientras tengamos un nuevo día por delante, siempre habrá algo que agradecer, algo que comprender y alguna pequeña razón para seguir caminando.

Quizá la vida no consista en llevarlo todo con nosotros, sino en descubrir qué merece permanecer y qué ha llegado el momento de dejar atrás.

Porque caminar más ligero no significa haber olvidado nuestra historia, sino haber aprendido a vivir con ella sin permitir que nos impida seguir adelante.

Patricio Varsariah.
Reflexiones serenas sobre la vida, el tiempo y el silencioso arte de comprender.
Nada definitivo: solo reflexiones de alguien que sigue aprendiendo a vivir.