Con este escrito quiero compartir contigo un recordatorio: aprendamos a disfrutar de cada etapa del camino, no solamente de la meta final. La vida rara vez se ajusta a nuestros planes, pero, aun así, siempre puede ofrecernos momentos que merecen ser vividos.

La felicidad comienza, muchas veces, cuando dejamos de esperar una vida perfecta y empezamos a apreciar la que tenemos. El cambio es una constante de nuestra existencia, y quizá sea precisamente eso lo que hace que vivir tenga tanto valor: las emociones, los desafíos, las incertidumbres y todas esas experiencias que nos obligan a descubrir nuevas maneras de seguir adelante.

La vida rara vez transcurre como la imaginamos. A veces, las cosas salen mucho mejor de lo que habíamos soñado. Otras veces, todo parece desmoronarse de maneras que jamás hubiéramos querido imaginar. Pero, en mayor o menor medida, así es la vida: una gran montaña rusa en la que avanzamos aferrándonos a nuestros sueños, a nuestros proyectos y a esa idea de cómo nos gustaría que fueran las cosas.

Sin embargo, la vida no transcurre únicamente en los momentos de alegría ni se detiene cuando llegan las dificultades. Avanza entre sus altos y bajos, obligándonos a recuperar el equilibrio, a ajustarnos los cinturones y a encontrar fuerzas para continuar cada vez que un nuevo desafío aparece en nuestro camino.

No siempre podemos cambiar aquello que quisiéramos cambiar. Hay circunstancias que escapan a nuestras posibilidades, decisiones que no podemos deshacer y caminos que terminan llevándonos a lugares diferentes de los que imaginábamos.

Podemos elegir hacer otras cosas, cambiar de dirección y aprender de lo sucedido. Pero el tiempo continúa avanzando, y nosotros debemos decidir qué hacemos con la vida que todavía tenemos por delante. Y entonces surge una pregunta que merece nuestra atención: mientras esperamos que las cosas cambien, ¿estamos realmente viviendo nuestra vida?

Vivamos de tal manera que, cuando miremos hacia atrás, podamos reconocer que hicimos lo posible por aprovechar el tiempo que nos fue concedido. No podemos volver a vivir cada momento, pero sí podemos elegir cómo vivir el que tenemos delante. No permitamos que la preocupación por el mañana nos haga olvidar las posibilidades que nos ofrece el presente.

Amemos nuestra vida. Démosle espacio a todas esas pequeñas cosas que nos alegran el corazón, que nos devuelven la ilusión y que nos recuerdan que todavía hay mucho por descubrir. Merecemos disfrutar de la vida mientras seguimos aprendiendo a comprenderla. Merecemos sentirnos orgullosos de lo que hemos logrado, sin vivir permanentemente preocupados por todo lo que aún nos queda por alcanzar.

Mantengamos vivos nuestros sueños, pero no permitamos que se conviertan en una condición para ser felices. No necesitamos alcanzar todo aquello que deseamos para reconocer el valor de lo que ya forma parte de nuestra existencia.

Pongamos esa música que nos hace sentir bien. Preparemos algo que nos alegre el día. Regalémonos un pequeño capricho, disfrutemos de unas flores, de un buen libro, de un dulce o de una conversación que nos haga sonreír. No siempre necesitamos grandes acontecimientos para sentir que la vida merece la pena. A veces, basta con detenernos y prestar atención a lo que tenemos cerca.

Elijamos un libro que despierte nuestras emociones, que nos permita conocer otras vidas y experimentar, a través de sus páginas, un poco de tristeza, de amor, de dolor y de alegría. Dejémonos llevar por la experiencia de vivir. Contemplemos cómo el cielo cambia de colores al caer la tarde y permitamos que la belleza de la naturaleza encuentre un lugar en nuestra mirada. Observemos cuanto nos rodea con humildad y amabilidad, recordando que esas mismas cualidades que tanto agradecemos cuando las recibimos también podemos ofrecerlas a los demás.

Amemos la vida de la misma manera en que deseamos ser amados: con paciencia, ternura, honestidad y cariño.

Comencemos por ofrecernos esas mismas cualidades a nosotros mismos. Aprendamos a tratarnos con comprensión, a reconocer nuestros esfuerzos y a aceptar que también tenemos derecho a descansar, a equivocarnos y a comenzar de nuevo. Después, compartamos esa manera de vivir con el mundo que nos rodea. Prestemos atención a aquello que nos llena el corazón. Dediquemos tiempo a las personas que alegran nuestros días. Cuidemos los vínculos que nos hacen bien y recordemos que la vida que estamos construyendo se compone, en gran medida, de los momentos que elegimos vivir a lo largo del camino. Quizá descubramos entonces que la vida todavía puede ofrecernos mucho más de lo que habíamos imaginado.

Un día, cuando miremos hacia atrás, tal vez comprendamos que una vida hermosa nunca estuvo hecha solamente de grandes logros, de metas alcanzadas o de lugares visitados. También estuvo hecha de aquellas mañanas que disfrutamos, de las flores que llevamos a casa, de los libros que leímos, de las conversaciones que nos hicieron pensar, de la amabilidad que ofrecimos y de tantos pequeños momentos que, sin darnos cuenta, hicieron que estar aquí valiera la pena.

Por eso, aprovechemos cada día de la mejor manera posible. Incluso los días difíciles pueden guardar algún instante de tranquilidad, una palabra amable, una sonrisa inesperada o una pequeña razón para seguir adelante.

No todos los días serán buenos, y tampoco necesitamos fingir que lo son. Hay momentos en los que la vida nos exige detenernos, aceptar lo que sentimos y concedernos el tiempo necesario para recuperar nuestras fuerzas. Pero, cuando sea posible, no olvidemos buscar aquello que todavía nos permite sonreír. Cuidémonos. Demos prioridad a nuestro bienestar cuando sea necesario. Aprendamos a reconocer nuestros límites sin dejar de apreciar las posibilidades que aún tenemos.

Vivamos. Amemos. Sigamos descubriendo. Porque la belleza no siempre es algo que encontramos por casualidad. A veces, también es el resultado de una decisión: elegir hacer las cosas de otra manera, mirar con más atención, responder con más ternura y aprender a caminar con un poco más de paz.

La vida que construimos es algo que podemos cuidar, transformar y seguir eligiendo cada día. No siempre tendremos el control de lo que sucede, pero muchas veces podremos decidir qué actitud adoptamos frente a las circunstancias y qué lugar concedemos a aquello que realmente importa.

Hagamos de nuestra vida un lugar más amable, no solamente para nosotros, sino también para quienes comparten el camino con nosotros. Y hagámoslo con amor y paciencia, incluso en esos días en los que todo parece resultar más difícil. Porque llega un momento en que comprendemos que no se trata únicamente de sobrevivir a la vida, de soportar sus dificultades o de esperar que lleguen tiempos mejores. Se trata también de participar en ella, de construirla con nuestras decisiones, de sentirla en sus pequeños detalles y de aprender a amarla incluso cuando no responde a nuestras expectativas.

Quizá sea entonces cuando descubramos que la felicidad no consistía en alcanzar una vida sin dificultades, sino en aprender a encontrar sentido, gratitud y belleza en medio de la vida que nos ha correspondido vivir.

Al final, tal vez la mayor conquista no sea haber llegado tan lejos como soñábamos, sino haber aprendido a amar el camino que recorrimos.

Sigamos cuidando la luz que llevamos dentro.
— Patricio Varsariah.
Esta vida es tuya para vivirla. Haz que valga la pena.