Hay días en los que parece más fácil amar al mundo que amar a la persona que te mira en el espejo.

Mirar hacia afuera suele ser natural: cuidar a los demás, ofrecer palabras de consuelo, ser amable con sus historias. Muchos de nosotros sabemos hacerlo casi sin esfuerzo. Pero transformar esa misma suavidad hacia nuestro interior es otra cosa.

Amarse a uno mismo requiere un tipo distinto de valentía: la de quedarse, escuchar y sostener el propio corazón con paciencia.

Hace unos días estaba dibujando un boceto sencillo: una mano que sostenía un corazón. Y desde ese corazón nacían pequeñas ramas con flores silvestres, como si el amor propio estuviera intentando florecer. La forma era delicada, casi vacilante. Las flores parecían estar aprendiendo a crecer dentro de un espacio que alguna vez se sintió abandonado. Quizá así es como se siente amarse a uno mismo al principio. No como una paz inmediata, sino como un intento silencioso, casi tímido, de florecer dentro de tus propias manos.

Mientras pensaba en esto, recordé unas palabras que me ofrecieron otra forma de entender el amor hacia uno mismo: amar a alguien puede parecer fácil, pero amar lo que uno es puede sentirse como abrazar un hierro al rojo vivo. Duele. Incomoda. Nos obliga a vernos sin escapar.

Y, sin embargo, no podemos alejarnos de nosotros mismos para siempre. Siempre regresamos. Tal vez por eso muchas veces elegimos escapar sin darnos cuenta. Nos volcamos en ayudar a los demás, nos perdemos en sus historias, en su caos, en sus sueños. Nos volvemos expertos en cuidar todos los corazones, menos el nuestro.

Amar a los demás puede sentirse más sencillo porque amarte a ti mismo exige algo distinto: sentarte frente a tus propias verdades, tus miedos, tus inseguridades, tus decepciones. Mirarte completo sin apartar la mirada.

Pero justamente por eso el amor propio es tan importante. Porque en esta vida tú eres el primer hogar en el que vivirás. Eres la persona que camina contigo a través de cada edad, cada fracaso y cada alegría. Eres quien presencia todas las versiones de ti mismo, silenciosamente, día tras día.

Amarte comienza con gestos sencillos: permitirte descansar sin culpa, perdonarte por los días en los que no pudiste con todo, hablarte con suavidad en lugar de dureza. Significa también dejar atrás viejas versiones de quien creías que debías ser y honrar tus emociones sin llamarlas “demasiado”.

Es un experimento continuo. Una decisión a la que vuelves una y otra vez. Como esas flores que nacen desde el corazón en el dibujo: sin forzar, sin apresurarse, simplemente buscando la luz en silencio.

Ámate intensa y honestamente. Cuídate. Porque en esta vida tú has estado contigo desde el primer momento y seguirás estando hasta el final.

Sí, otras personas pueden acompañarte, apoyarte y quererte. Pero hay un amor que solo tú puedes ofrecerte. Amarte a ti mismo a veces dolerá. Será incómodo, desconocido, incluso difícil. Pero con el tiempo descubrirás que es el amor más honesto que puedes aprender.

Y un día notarás algo simple y hermoso: las flores dentro de ti florecieron no porque alguien más las regó por ti, sino porque finalmente aprendiste a sostener tu propio corazón con ambas manos.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.