A veces conservamos viejos recuerdos no porque aún nos nutran, sino porque no sabemos quiénes somos sin ellos.

¿Alguna vez has deseado aferrarte a algo con tanta fuerza, con tanta intensidad, que la idea de perderlo te parecía como perder una parte de ti mismo? 

Algo que alguna vez fue tan importante, tan significativo, que no podías imaginar la vida sin ello. Y, sin embargo, en algún momento, el tiempo siguió su curso, la vida cambió y tú también. Ahora, al mirarlo, ya no brilla como antes. No evoca la misma nostalgia, la misma fascinación, la misma fuerza. Pero, aun así, una parte de ti quiere conservarlo, porque alguna vez fue tuyo.

Hay tantas cosas en la vida que he querido conservar así. Recuerdos. Personas. Lugares. Versiones de mí mismo. Cosas que quería aferrarme como si pudiera negociar con el tiempo y pedirle que no me las arrebatara. Una parte de mí pensaba: pase lo que pase, que me quede con esto. Que siga siendo mío. Que permanezca intacto. Pero la vida no sabe congelarse para nosotros. El tiempo sigue su curso, silenciosamente y sin que lo pidamos; en algún punto de ese movimiento, dejamos atrás cosas que una vez pensamos que llevaríamos para siempre.

Sin embargo, superar algo no siempre es tan sencillo como dejarlo atrás. A veces existe un punto intermedio, una extraña distancia donde ya no perteneces a ese lugar, pero tampoco estás listo para dejar de mirar hacia atrás. Ya no es tu hogar, pero algo en ti aún recuerda la calidez de sus paredes.

¡Qué contradictorio es, ¿verdad?!

Es como reabrir viejos recuerdos y editarlos para que se ajusten a la versión que desearías que tuvieran, solo para darte cuenta de que ya los has superado.

A veces nos aferramos a los recuerdos, a las personas, a las cosas del pasado con manos temblorosas, temiendo que se nos escapen. Y a veces, son ellos los que se aferran a nosotros, pidiéndonos que nos quedemos en lugares que, en silencio, hemos superado. Una parte de nosotros quiere irse, otra aún se resiste. Sentimos amor y distancia al mismo tiempo. Recordamos la importancia de algo, pero nos preguntamos por qué ya no lo sentimos igual.

Creo que esa es una de las penas silenciosas de estar vivo: darnos cuenta de que no todo lo que amamos está destinado a permanecer inalterable dentro de nosotros.

Algunas cosas dejan de encajarnos, no porque no fueran bellas, sino porque nunca estuvimos destinados a permanecer iguales para siempre. La vida nos moldea constantemente, transformándonos en nuevas formas. Y lo que antes lo abarcaba todo se convierte poco a poco en un vago recuerdo que revivimos, en lugar de un lugar donde vivimos.

Pero eso no es tristeza. Es una forma particular de ternura. Porque creo que hay cosas en la vida que superamos, en silencio y sin amargura. Nos convertimos en mejores personas, la vida toma otro rumbo y lo que antes nos encajaba a la perfección ya no lo hace. Pero eso no significa que dejemos de amar lo que fue. Solo significa que hemos aprendido la diferencia entre desear algo de vuelta y querer conservar su recuerdo.

Pero la memoria no siempre es una invitación a regresar. A veces, se trata simplemente de reconocer en silencio que esto fue hermoso, que esto importó y que ahora pertenece a otra etapa de mi vida. Quiero crecer con ellos, llevarlos a nuevas versiones de mí mismo y dejar que sigan cambiando conmigo. Pero se sienten como raíces que se profundizan a medida que la vida avanza. No todo lo bello está destinado a convertirse en un recuerdo que solo revivimos.

Si tenemos suerte, algunas cosas permanecen a nuestro lado y se transforman en formas de amor más suaves y estables. Y quizás esa sea también otra forma de gracia: no perderlo todo con el paso del tiempo, sino encontrar algunas cosas preciosas que aún se ajustan a la persona en la que nos estamos convirtiendo.

Y eso es lo que realmente significa crecer: aprender a sostener las cosas con delicadeza en lugar de con desesperación. Aprender que la vida no siempre nos pide que conservemos algo para siempre. A veces, solo nos pide que lo recordemos con cariño, que le agradezcamos lo que nos dio y que lo dejemos donde pertenece.

Y llegó el día en que el riesgo de permanecer cerrado en un capullo fue más doloroso que el riesgo de florecer. La silenciosa tristeza de dejar atrás cosas que alguna vez se sintieron como un hogar.

- Patricio Varsariah.